El lenguaje del manglar
El ecosistema del manglar es vida, tradición y sustento. Paolo Realpe es uno de sus hijos y nos mete mangle adentro para contarnos su oficio en clave de arrullos .
Una jornada en el manglar
“Conchar”, la práctica de recolectar conchas y moluscos en el manglar, más que un oficio, es un legado cultural. Paolo Realpe inicia el día encendiendo su bola de humo, un incensario con fibras de coco, hojas y ramas secas. Este fuego lo ofrenda a un árbol centenario de manguillo al que cariñosamente llama abuelo. Lo rodea con sus brazos y le pide permiso para entrar. “El manglar me ha enseñado quién soy, de dónde vengo y a dónde voy”, dice convencido de que su propósito en el mundo es ser vocero de la magia de este santuario natural.
Paola acompaña la jornada con sus arrullos: cánticos en honor al mangle, gestados a partir de la música y el lenguaje de los pueblos afroesmeraldeños:
“Río arriba voy remando, la concha se está acabando, al manglar ya voy llegando, los moscos me van picando, la bola de humo me va llamando, yo voy llegando pero ahumando ayayay”.
El suelo pantanoso y espeso del manglar exige pies diestros que sorteen esa textura que no deja saber dónde caerá el siguiente paso. No hay botas ni guantes que puedan con este oscuro espesor. El calor es intenso y la humedad abruma. Los mosquitos se anclan a la piel, pero de ellos se encarga la bola de humo que los repele desde la canoa y los atados de tabaco y habanos que usan las mujeres concheras.
Las y los concheros de Muisne ven en este trabajo un vínculo con la naturaleza, cuyo lenguaje han aprendido a decodificar para sobrevivir. A este vínculo, Paolo lo entiende como la relación desde el ser, “desde la magia de la existencia, desde la humildad y la conexión; desde la pureza y los principios, que se van extinguiendo”.
Paolo Realpe sabe leer el movimiento de los árboles, comprende los colores del mar y el comportamiento de las especies bioacuáticas. Entiende el vuelo de aves, como el martín pescador, quien le indica el momento adecuado para entrar a conchar. Sabe cuándo y dónde meter las manos para extraer moluscos. Diferencia las conchas que ya han cumplido su ciclo de desovación, de las que no. Sabe leer el compostaje natural de las ensenadas, así como las ráfagas de viento, mareas y estaciones.
También sabe cómo lidiar con adversidades como la picadura del pejesapo, el “doctor del manglar”, como lo llama él, porque cree que su veneno es medicinal. Lo equipara a la apiterapia. Cuando entras a este ecosistema con alguna dolencia, dice, el manglar te escanea y envía la picadura de este pez para que se active tu sistema inmunológico y aprendas a neutralizar el dolor a través de la respiración y el elemento fuego. Por eso, encender una llama es el inicio del ritual de recolección.
La madre manglar
Cuando Paolo habla del manglar lo hace en femenino. Se refiere a ella con amor y gratitud; la piensa como una madre que da vida, enseña y sostiene a la mayoría de las y los habitantes del sector. Ella fue su verdadera maestra: “La manglar es el ser que me enseñó de forma amorosa, me dio la facilidad de aprender desde la simplicidad. Nunca me regañó, nunca me reprochó, y se daba cuenta cuando no entendía para… generar una lúdica de aprendizaje personalizada”. Se refiere a la conexión manifiesta entre naturaleza y ser humano, cuando el manglar enseña su abundancia y secretos de forma única y personal a cada individuo que llega.
Si bien la concha no es un rubro significativo en el PIB del Ecuador, frente a otros productos como el camarón, sí lo es para las comunidades de pescadores no solo de Muisne, sino de otras provincias costaneras del país. Cada año el manglar ecuatoriano provee algo más de 34 millones de conchas. Esto se traduce en un ingreso en el presupuesto nacional de entre 3 a 6 millones de dólares. Pero un conchero debe invertir 10 dólares para obtener 10 conchas.
El manglar funciona también como referente social, pues genera identidad y un fuerte sentido de pertenencia. Así, el ecosistema provee seguridad y soberanía alimentaria, ya que sostiene la dieta de la población, con alimentos de alto valor nutricional, y además es una fuente de ingresos locales.
Por otro lado, es una barrera que protege a sus pobladores de fenómenos naturales, como aguajes y vientos huracanados. Además, es el hábitat de varias especies endémicas, amenazadas y en peligro de extinción. También almacena carbono azul lo que incide positivamente en el efecto invernadero y el calentamiento global porque este ecosistema acuático absorbe y retiene en sus raíces el CO2 del agua que proviene de la atmósfera.
A eso se refiere Paolo cuando habla de que el manglar es el eje transversal a la mayoría de actividades sociales y económicas de su territorio.
Para entenderlo, tuvo que meter las manos, y el cuerpo entero al fango. Hablar con la naturaleza es un aprendizaje que adquirió estando en ella, y no en un sistema educativo que, a decir de Paolo, no supo cómo enseñarle saberes prácticos: “Estas personas no me podían enseñar como me enseñaba la madre manglar. A los 9 años decido irme de la escuela, de la casa y vivir en la calle, donde me formé, aprendí y fue el complemento que me marcó e hizo de mí el ser que soy ahora”.
Modernidad frente a lo ancestral
Así versan otros arrullos que Paolo ha escrito: “Los concheros de mi pueblo no comen el camarón, y el otro le respondió camarón silvestre es que como yo”, en estas rimas su autor sugiere una reflexión sobre el desproporcionado aumento de piscinas camaroneras, cuya dinámica industrial contrasta con actividades ancestrales como conchar. El camarón silvestre, es una especie única del Ecuador, conocida como titi o pomada, se da naturalmente y es recolectado mediante pesca artesanal. La crianza del camarón en cautiverio ha provocado la tala del mangle, la extinción y reducción de especies y el desapego a un ecosistema que, ancestralmente, ha vinculado a la naturaleza con el ser humano.
Las consecuencias de este repliegue ambiental y cultural se sienten en la ruralidad esmeraldeña, y así lo canta Paolo en sus arrullos: “la concha se está acabando, antes yo cogía 500 y ahora no cojo 50, la concha se está acabando ayayay, río arriba voy remando”. Si antes la recolección de concha no era una actividad muy rentable, ahora tampoco alcanza a sostener la economía familiar de quienes la practican. El resultado de las jornadas de hace 2 décadas era de por lo menos uno o dos cientos de conchas por persona. Hoy por hoy se recoge la mitad o menos, por tanto el rédito económico también se ha reducido. Los cánticos y la alegría de los arrullos de Paolo son parte de una celebración y evidencian la sabiduría ancestral del pueblo afroesmeraldeño, pero también son un vehículo de protesta que evidencia problemáticas cotidianas a las que se enfrentan no solo los habitantes del manglar.
El desequilibrio ambiental generado por su tala y el crecimiento de piscinas camaroneras trasciende las fronteras de dicho territorio. Las expresiones del pueblo afroesmeraldeño que giran en torno a este ecosistema son parte de la diversidad cultural del país, y sus manifestaciones conciernen a todo el Ecuador.


















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