Salas de conciertos UNDER
A continuación dejamos una breve mirada a tres salas de conciertos relevantes en la historia del rock subterráneo local, así como una reflexión sobre el papel de estos recintos en la construcción de la identidad del movimiento.
Latidos en las sedes barriales
De Sur a Norte, muchos sectores de la capital acogieron a grupos y pequeñas escenas que se presentaban en barrios como El Calzado, donde empezó la banda de punk Enemigo Público; Chimbacalle, donde nació Mortal Decisión, cuyo hard core vio la luz en el festival El Muro; las “puteadas de fin de año” en La California, donde se desarrolló “El Parche punk” o los eventos organizados en el EMPROVT, de la Quito Norte.
Cada micro escena se desarrolló en un sector, lo que causó una división que aún se siente en la capital: la de sur y norte. Esta segmentación social fue la manifestación de una lucha de clases en la que se veía a la gente del norte como la de clase alta, y a la del sur como la de clase baja, lo que llegó al punto de no permitir que tocaran bandas que no pertenezcan al barrio organizador del concierto, profundizando así una brecha que no promovía la unificación del movimiento.
Estas pequeñas escenas, tras varios años de sostenerse en células barriales, crecieron y necesitaron espacios más grandes. En este contexto, el gestor José Luis Terán, junto a su familia, levantó un negocio que ya venía de un proceso anterior: la sala de eventos El Sótano, que empezó siendo tienda de discos, luego se amplió a sala de ensayos, y después exploró la etiqueta de sello discográfico donde grabaron los primeros trabajos bandas como Chancro Duro, N.Ch o Mortuum.
Para este momento, José Luis ya era un gestor reconocido en la escena subterránea, pues había traído a grupos internacionales como Masacre o BSN, de Colombia y también había organizado varios conciertos en sedes barriales. Así lo recuerda:
“Antes que aparezca El Sótano como sala de conciertos, se inició a principios de los noventa una horda de bandas que fueron verdaderos aportes para la escena local, con ellos orgullosamente trabajamos en decenas de eventos, en distintas sedes sociales y pequeños locales en todo Quito y el país. Eran y son bandas que no necesitaban comparaciones, ya que eran y son lo mejor de la escena nacional. Esta comunión que existía entre las bandas y el público hacía que cada concierto fuera un ritual al que se esperaba con ansias, un fascinante encuentro entre iguales”.
Algo de Historia
En un episodio de la represión vivida por los rockeros ecuatorianos durante los 90, sucedido en marzo de 1996, bajo la administración de Sixto Durán Ballén, un operativo militar y policial apresó a quienes asistieron al concierto de la banda mexicana de death metal Cenotaph, que se iba a presentar en Ambato. La historia se cuenta en varios medios digitales y artículos de prensa, y algunos músicos y gestores de la escena nacional estuvieron ahí, como Igor Icaza o Edgar Castellanos, y recuerdan el salvajismo con el que fueron tratados por los uniformados, que procedieron a golpear, desnudar, desvalijar y cortar el pelo a los asistentes, e incluso en algunos casos, hacérselo comer. Varios testimonios al respecto se recogen en el documental de Francisco Cevallos y Mateo Herrera, llamado La movida underground.
Esta persecución no fue un hecho aislado. Meses después subió al poder Abdalá Bucaram, que luego de bailar el rock de la prisión en su campaña electoral, y dedicarle dicho acto a los rockeros, declaró, en cadena nacional, la abierta persecución a lo que él denomina “procesos culturales que deben ser desterrados de nuestro país”.
A pesar de esta intimidación, la escena quiteña en la década de los 90 se consolidó. Estos años se vieron marcados, así por el prejuicio de la gente y autoridades, como por la intensa actividad de las contraculturas, que parecieron fortalecerse con el rechazo de la sociedad. Durante las tres décadas anteriores, el movimiento estuvo relegado a células barriales, peñas y gymkanas colegiales, que acogieron a este tipo de conciertos con recelo, sin embargo, para los noventa, estos espacios no fueron suficiente.
Se juntaron el hambre y la necesidad: Salas de conciertos
Las salas de conciertos son espacios importantes en la historia de las distintas escenas musicales, a nivel mundial; son núcleos de identidad y resguardan testimonios que dan estructura a movimientos contraculturales. Existen salas icónicas alrededor del globo, que han visto pasar a los gigantes del rock internacional, y que ahora incluso se presentan como museos, puntos turísticos o sitios de peregrinación para aficionados. Las más disímiles escenas han contado con un espacio donde han establecido su ideología y consolidado su presencia, es así que música como el punk, black metal, post punk, hard rock, etc., han tenido un espacio que cuenta su historia.
Algunos ejemplos son The cavern, cuna de los Beatles antes de que llenen estadios y se retiren de los conciertos, por los alaridos del público que no les permitía oír sus propios instrumentos, el Hammersmith Apollo, por cuyo escenario pasaron grandes como Rolling Stones, Queen, David Bowie o Motörhead. The Factory, la de Tony Wilson, donde se gestó el post punk londinense, con bandas como Joy Division, y también la Factory de Andy Warhol, donde tocaban los neoyorquinos Velvet Underground. El Whisky a go go, donde The Doors fue expulsada por la polémica idea de querer fornicar con la madre o el reconocido CBGB, espacio neural en la formación del punk, donde tocaron bandas que nadie más quería oír en la época, como The Ramones, Dead Boys, The Stooges, New York Dolls, Patti Smith y un larguísimo etcétera.
En Latinoamérica, cada país tiene sus huecas; sería imposible hacer un recuento de los espacios representativos del underground de cada nación, sin embargo, quiero mencionar a un lugar importante para las culturas subterráneas de México: el Tianguis Cultural del Chopo, un mercado dedicado a la contracultura rockera, activado cada sábado desde hace cuarenta años, que a pesar de su antigüedad, aún es una realidad lejana a la ecuatoriana, donde hace poco se vivió una persecución a pelilargos y vestidos de negro.
Portada fanzine Contaminación 1. Archivo de Francisco Castellanos.
Afiche del concierto de Masacre, de Colombia, de 1991. Imagen: archivo personal.
La gestión internacional que inició José Luis se dio gracias a la edición de su fanzine, llamado Contaminación, medio que promocionó el trabajo de bandas locales y dio a conocer al público nacional, agrupaciones internacionales: “empecé a cartearme con varias bandas, sellos y fanzines, muchas respondieron, otras no”, dice cuando recuerda el inicio de su trabajo para este medio, que se publicó por primera vez en 1991, y que varios coleccionistas y conocedores consideran un documento histórico del movimiento.
La consolidación desde El Sótano
Archivo: Igor Icaza, afiches de El Sótano
Cada fin de semana se encontraban decenas y hasta cientos de pelilargos y punkeros, en un mismo espacio, la Carrión y 12 de Octubre, dentro de un enorme y alargado galpón de paredes desgastadas, pintadas de azul y blanco, bajo un cielo raso falso, piso de parquet y una enorme tarima que pisaron las bandas más significativas de aquella época, y que, en algunos casos, son referentes de la escena local. Este espacio, llamado El Sótano, fue un lugar de encuentro, en donde la gente del sur se juntó a la del norte, los metaleros convivieron con los punkeros y las distintas escenas desperdigadas en toda la ciudad vieron un punto estratégico para poner el cuerpo en la escena: “El Sótano logró que el público se consolide. La escena del subterráneo, la infraestructura, el sonido, hicieron que el público se ordene. Veníamos del maravilloso caos de las sedes sociales, pero era momento de poner en orden tanto descontrol” dice Terán.
De nuevo, quisiera mencionar al documental La movida underground, ya que es uno de los pocos productos audiovisuales donde quedó registrado este local; ni el mismo José Luis tiene fotos o videos. Eran otros tiempos, días análogos en los que las cámaras, el Internet y los celulares eran una realidad lejana. Por esto, tener un documental que nos permita echar un vistazo a la energía que se sentía dentro de este lugar, es un pequeño privilegio para quienes nos interesa la historia del rock underground nacional.
El Sótano fue un sitio de encuentro e iniciación. Varios jóvenes empezamos nuestro camino en el rock dentro de sus instalaciones, y nos enamoramos de la energía del subterráneo, para siempre, escuchando sus conciertos. También empezaron bandas de la talla de Basca, que entraron a este escenario siendo unos completos desconocidos, y forjaron una carrera enorme, algunos años después. Otra de las bandas recordadas que tocaron ahí, fue Sal y Mileto; su baterista, Igor Icaza, recuerda a este salón como el causante de una importante consolidación:
“No había lugares donde te pudieras tomar una cerveza y ver un concierto. El Sótano consolida eso. Su ubicación céntrica permitió que la gente de toda la ciudad se una. El Sótano fue producto de la necesidad, fue un espacio emblemático. Ahí toqué con Obertura, lo que era Ente antes de llamarse así, y recuerdo, entre tantas anécdotas, que por un mal entendido de tragos, llegamos a los puños entre Sal y Mileto y Chancro Duro, pero el lío terminó en un apretón de manos y una amistad aún vigente”.
Luego de apenas un año de funcionamiento, El Sótano cerró sus puertas en 1997, pero ese tiempo fue trascendental para la identidad de la escena. Sin embargo, al crecer y consolidarse, también se abrieron ramificaciones en la misma. Surgieron roces entre metaleros y punkeros, división entre el sonido de los diferentes géneros, batallas entre bandas y un sendero ideológico que separó escenas y ocasionó una siguiente oleada de salas de conciertos, así como el cierre de esta primera sala de conciertos.
El Eskondite del punk
Una vez que El Sótano hizo lo suyo y consolidó a la escena underground de Quito, los caminos de cada “tribu” tomaron rumbo propio. Se diversificó la escena, la oferta musical aumentó, gracias, en cierta medida, a las tiendas de discos piratas y las personas fueron construyendo identidades marcadas, con rituales, estética e ideología propia. Se vuelve a fragmentar la escena, ya no por barrios, sino por tendencias musicales. Los black metaleros se separaron de quienes oían thrash, death o heavy, el punk se enemistó con el metal, lo alternativo se alejó de lo extremo y aparecieron grupos neonazis.
La gente interesada en el punk encontró varios huecos, como El Eskondite, que en 2001 abrió sus puertas en el barrio La Mariscal. A decir de su dueño, Darwin Villalba, vocalista de la banda Sinikoz, esta fue una casa de resistencia donde se difundió arte y contracultura. No se limitó a presentar conciertos, sino también organizó exposiciones, funciones de teatro o cine foros.
Mural y fotografía de Alejo Cruz, en la entrada de El Eskondite
Entrada de El Eskondite. Foto: Alejo Cruz
En este espacio, cada 15 días se cocinaba una enorme olla solidaria que se repartía a personas en situación de calle, también fue albergue para viajeros, activistas y músicos no residentes en Quito. Entre sus paredes hubo muchos mítines políticos, y era base para planificar acciones de protesta pacífica, movilizaciones y lucha social. “En ese entonces estábamos en la lucha contra el ALCA y el TLC”, recuerda Darwin, quien siempre abrió las puertas de su escondite para propagar el mensaje libertario.
“El Eskondite siempre tuvo una filosofía ácrata, relacionada con el anarquismo”, menciona Darwin, quien planteó un espacio donde todos podían expresarse libremente, así en pensamiento como en acciones, siempre que no exista una violencia hacia el otro. Incluso, Darwin acogió a consumidores: “El Eskondite era un espacio de libre consumo de sustancias, de cualquier sustancia, siempre que no jodas a los demás, podías hacer lo que quisieras”.
En este espacio también se gestionaron conciertos internacionales, como de las bandas venezolanas Apatía No, Los Dólares y Doña Maldad o de los españoles Eskupe. Pero a sus tablas subieron bandas centrales del punk local, como Antipatikos, Desalmados, Juana la Loka, Soluka punk, VHP, Los Puntas, Anónimos, entre otras. En El Eskondite “hubo conciertos todos los fines de semana, durante un año” a decir de su dueño, y según Diego Maestre, cantante y bajista de la banda Antipatikos, “Fue un espacio donde se dio el boom de toda la movida punk, que se concentraba ahí. Fue un lugar súper chévere, se sentía muy a gusto tocar ahí, pero se cerró porque apareció la división con los skinheads, la situación se puso problemática y cada concierto terminaba en pelea. Pero fue una buena plaza de difusión de varias bandas del movimiento”.
A pesar de la camaradería que se respiraba en el bar, y que se siente en el documental del realizador audiovisual y guitarrista de VHP, Adrian Aguilar, llamado Adjetivo adverso: el punk frente a la modernidad, la energía de este sitio era pesada. Al entrar, se sentía un ambiente tenso, marcado por la división de la escena, ya que, para la época, se habían desarrollado varios “parches” de punks, dentro de sectores como La Ofelia, California, La Gasca, los de la pista de la Carolina o la gente barrios del sur como El Calzado, la Rodrigo de Chávez o Chimbacalle. Sin embargo, todos estaban hermanados contra un enemigo común, que apareció a inicios de siglo, en Ecuador: los skinheads fascistas, que eran grupos neonazis cuya ideología hitleriana tomó tintes sudacas y nacionalistas.
Esta enemistad creció a niveles delincuenciales, al punto de que durante un concierto llevado a cabo en El Eskondite, de la banda Los Dólares, algunos skinheads entraron al recinto y apuñalaron al cantante del grupo Soluka punk. El concierto tuvo que detenerse porque las lesiones del muchacho lo dejaron gravemente herido, en el centro de la pista del pogo, sobre una perturbadora piscina de sangre, que varios asistentes recordamos, como el baterista de la banda Desalmados, Pablo Mora, así como Darwin Villalba, Diego Maestre y tantos otros personajes de la escena punk local, quienes vieron que, a raíz de este episodio, el altercado entre ideologías fue tomando tintes delincuenciales, mismos que dejaron como saldo heridos, muertos, detenidos, locales destruidos y cerrados, como es el caso de El Eskondite, que a causa de la creciente violencia que se daba en su recinto, tuvo que cerrarlo.
Ceremonias de la destrucción: La Mazmorra
En lo que refiere al metal extremo, la facción black metal maneja una mística relacionada a la espiritualidad y lo oscuro. En este género, la sombra de bandas noruegas como Mayhem o Gorgoroth se ha convertido en punto referencial para la actitud, estética e ideología del movimiento. Su propuesta ideológica tiene que ver con el satanismo y el culto al individuo y la naturaleza. La Mazmorra apareció para dar cabida a los seguidores de esta filosofía black metal, en la ciudad. Este era un espacio de intensa carga energética, estaba ubicado en una casa antigua del centro histórico, había que bajar unas gradas y llegar a un lugar que daba la sensación de ser una catacumba, y que irónicamente, se asentaba frente a un templo de adoración cristiano.
Entrada de La Mazmorra. Fotografía: Andrés Utreras (ASUE)
La ideología satánica de su dueño contrastaba con lo que sucedía en el patio de enfrente, pero esto no le impidió organizar decenas de conciertos que surgían espontáneamente, pues La Mazmorra no era un local sino un espacio ritual y de adoración. Leo Gudiño, conocido como Chicho, baterista de la banda Grimorium Verum y Zidiz, cuenta que de repente entraba una llamada del dueño, quien ha preferido mantener el anonimato, para informar que aquel fin de semana iba a abrir La Mazmorra, y que les esperaba como público o como banda.
El ambiente era lúgubre, tenía pocas mesas repartidas a lo largo de un extraño túnel, que era la forma de su instalación. Acogía a metaleros que asistían más que un concierto, a una ceremonia lúgubre, marcada por el consumo de drogas, las amanecidas y el repetitivo mantra oscuro que caracteriza al sonido black metal.
El espacio estaba decorado con las obras de arte de su dueño, quien fabricaba ángeles caídos con papel y yeso, y ambientaba las paredes con ilustraciones de seres demoníacos. Las bandas que ahí tocaron eran únicamente de black metal, y el público era purista y difícil. Si alguna banda mezclaba géneros, inmediatamente le llegaban los pifidos e insultos desde las mesas.
Este lugar, más que una sala de eventos o un bar, era considerado por su dueño como un centro ceremonial. Todos quienes entraron a ese espacio recordamos su energía intensa, su coherencia entre estética y pensamiento y la sombría actitud así de su dueño, como de sus asistentes. Los problemas constantes con la comunidad religiosa vecina forzaron su cierre definitivo.
Queda mucho por decir al respecto de estos lugares, que permitieron el desarrollo de escenas e ideologías. Son varias las salas de conciertos que quisiera rememorar dentro de este texto, y construir recuerdos y testimonios importantes para entender la identidad de esta escena, sin embargo, aquí queda una muestra que nos permite dar un vistazo de lo que ya es parte de la historia de la música ecuatoriana.












































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