El Sótano, semillero del Under ecuatoriano




Cuando fui por primera vez a la sala de conciertos El Sótano, en el año 1996, recuerdo haber sentido miedo. Ni yo ni la ciudad estabamos acostumbrados a ver aquella estética sombría, de gente vestida de negro, peinados raros, crestas, rapados, pelos largos, larguísimos, hasta la cintura o más abajo, botas, spikes, cadenas, collares, maquillaje oscuro en hombres y mujeres, abrigos y pulseras de cuero. Incluso recuerdo vívidamente a un señor (probablemente sería un joven adulto de 22 o 23 años) que tenía una rata disecada colgando de la cadena de acero con la que adornaba su cuello, a manera de un macabro dije que se quedó prendado en mi memoria. Yo era un pequeño púber, de 13 o 14 años, con pocos años recorriendo los sonidos del rock. Recuerdo con cariño mi LP del Kill´em all, el disco The Spaghetti Incident? y varios otros que cuando mi hermano, receloso de compartir conmigo sus tesoros musicales, se descuidaba, yo escuchaba de principio a fin; sin embargo, el primer casete que conseguí por mis propios medios fue una grabación pirata con la banda peruana Narcosis en un lado e Ilegales en el otro.

Luego de esto, mi gusto musical se definió y el camino de buscar nueva música empezó. Tener un casete en esos tiempos era complicado, se debía gozar de cierto prestigio y tener un recorrido en la escena o en el barrio para lograr que alguien te permita grabar uno; eran días análogos y sin Internet, por lo que aún no existía el universo de posibilidades a un clic de distancia que ahora nos define. La gente de aquella época no compartía su música así por que así, querían que nadie la “berreara” -palabra en desuso que significaba no popularizar a las bandas- para mantener su estatus de underground; por lo tanto, obtener el permiso de algún amigo para grabar un casete era una alegría sin precedentes, ya que habían pocas opciones para conseguir música, una era esto, regrabar de la colección de amistades, la otra era viajar a Colombia o algún otro país y traer maletas enteras llenas de casetes y LP´s. Como resultado, cuando tenías algo nuevo, lo escuchabas 500 veces al día, de principio a fin, hasta aprenderte las letras de todas las canciones, y en el caso de lxs músicxs, sacar al oído tus temas favoritos. 

Fueron años en los que nos reuníamos exclusivamente a escuchar música, y era común recibir un telefonazo invitándote a escuchar el nuevo material conseguido. En ese contexto descubrí la meca del under capitalino: El Sótano, un enorme galpón ubicado en Carrión y 12 de Octubre, justo en la mitad de Quito, que funcionaba como sala de conciertos. Perteneció a José Luis Terán, padrino de la escena subterránea ecuatoriana, quien en el año 96, y durante solamente un año de funcionamiento, mantuvo este espacio por el que pasaron las bandas más representativas del punk, hard core, metal y alternativo ecuatoriano: “tuvimos el honor de tener en vivo a Total Death, Ente, Sal y Mileto, Grimorium Verum, Muscaria, Kassiel, Legion, Fear, Notoken, Enemigo Publico, Mortal Decision, Mortuum, Mutilated Christh” recuerda José Luis cuando menciona algunas de las agrupaciones que ahí tocaron. 




El rol de El Sótano en la escena underground no fue solamente proveer de un espacio a lxs roquerxs locales en el que te podías tomar una cerveza y ver bandas en vivo, sino haber consolidado una escena que venía levantándose de manera desperdigada, por toda la urbe, dentro de varias sedes sociales, barrios y peñas de esta alargada ciudad. Entre las razones de esta consolidación, está un público activo y la comunión entre bandas que generó una estrecha hermandad y amistades duraderas. Sin más necesidad que el voz a voz, y algunos volantes publicitarios repartidos en universidades y centros de reunión de la gente roquer, cada evento se repletaba de gente: “Esta comunión que existía entre las bandas y el público hacía que cada concierto fuera un ritual al que se esperaba con ansias, al que nunca faltábamos, era un fascinante encuentro entre iguales. Nuestros afiches eran simples fotocopias llenas de logos de las bandas, a veces teníamos un fondo de cualquier portada macabra para hacer más chévere el afiche, otra veces los panas hacían sus dibujos que los colocábamos como fondo para sacar las fotocopias y distribuirlas en las universidades, colegios y postes de sitios de encuentro de la gente afín a nuestra movida.” Esta energía, francamente ha desaparecido, y no he vuelto a sentir la electricidad que generaba ingresar a El Sótano, en ningún circuito local, donde se siente una competitividad a veces sana pero a veces contraproducente. 

En este galpón siempre hubo un buen concierto, a veces dos y tres veces por semana, durante un año. Su ambiente de unificación y camaradería lo caracterizaba, a pesar de lo sombrío de su estética: “en El Sótano siempre existía un ambiente de total camaradería, se respetaban los tiempos, al ser un local propio no teníamos restricción con los horarios, se podía tocar hasta que el cuerpo aguante”, dice Terán, y lo respaldan otros músicos que pasaron por su escenario, como Igor Icaza de Sal y Mileto, Diego Maestre de Antipatikos, Willy Campaña de Mortal Decisión, quienes al conversar conmigo sobre el tema solo tienen buenos recuerdos del local. Sin embargo, para lograr abrirlo, la gestión de Terán debió tener, antes, un enorme recorrido. 

Dice que empezó levantando una tienda de música, que se abrió a sala de ensayos, y luego exploró la etiqueta de sello discográfico. Sobre esto, recuerda Terán lo siguiente: “Teníamos cosas muy básicas, pero el gusto de hacer las cosas es lo que más motivaba, tanto a las bandas, como a mi persona, a pesar de tener un nulo conocimiento de grabación”. A pesar de este escaso conocimiento, varias bandas quedaron inmortalizadas por el Sótano Records, como Mortal Decision, Mortuum, Chancro Duro, N.Ch, etc. Quizá la gestión más relevante, previa al Sótano, que José Luis dirigió fue la de producir varios conciertos en sedes barriales como El Calzado, Solanda o la Quito Norte, conciertos que ahora son parte neural de la estructuración del movimiento rockero ecuatoriano. 



Pero no organizó únicamente eventos con bandas nacionales, sino que logró gestionar conciertos internacionales, con bandas como BSN o Masacre, de Colombia; ambos recordados por punkeros y metaleros como momentos icónicos en la constitución de la identidad rockera nacional. Esta gestión internacional empieza con lo que también sería otro de los aportes a la historia del rock nacional, encabezada por Terán, el fanzine Contaminación del que hablamos brevemente en otra entrada de nuestra página. Este fanzine presentó al público subterráneo un sinnúmero de bandas internacionales, pero no contento con eso, José Luis también elaboró la revista Acero en donde se reseñaban bandas nacionales: “Acero, se inició como un informativo, arrancó como algo más pequeño que Contaminación incluso, pero los tiempos para esa época fueron diferentes y Acero gustó mucho, ya que existían más bandas locales, agradó la idea de promocionarse más regularmente”. Entonces no es fortuito que nos animemos a pensar en José Luis Terán como el padrino del under quiteño. 

El Sótano fue un espacio trascendental en la constitución del under local, no solamente quiteño, sino a nivel nacional, pues en su tarima se pararon bandas de Cuenca, Guayaquil, Loja, Machala, Portoviejo y de muchas otras ciudades del país. A pesar de haber durado solamente un año en funcionamiento, dejó una huella profunda en la escena y el público. Quienes asistimos a estos conciertos y quienes ahí tocaron, tienen a esta experiencia como una impronta personal que es parte central de nuestras identidades. Al haber producido cientos de conciertos en tan poco tiempo, los gustos musicales del público se definieron y se dio un boom en el nivel de las bandas, así como en lo técnico y el sonido de cada género. Cerró porque José Luis debió seguir la vida y subsistir de otras formas, ya que mantener el local consumía todo su tiempo, sin embarazo dejó en la historia del rock nacional un lugar icónico, entre otras cosas por haber dado cabida a las bandas más grandes del país, como Basca y Sal y Mileto, así como por haber acogido a una horda de personas que no tenían un lugar donde encontrarse con pares. Entrar al Sótano y ver que había cientos de personas como tú aportó al fortalecimiento de una escena, que luego de tan corto de verse expuesta a cientos de conciertos, quedó consolidada para siempre.

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