El corazón es un animal extraño
El corazón es un animal extraño
El 9 de diciembre de 2025 murió Jorge Martínez, a los 70 años, tras enfrentar un cáncer de páncreas que lo apartó de los escenarios de forma inesperada. El fundador, cantante, guitarrista y compositor principal de Ilegales deja una obra difícil de enumerar: 21 discos entre estudio y directos, cientos de canciones, entrevistas demoledoras, conferencias de música e historia, dos documentales y, sobre todo, una memoria colectiva que atraviesa generaciones y estilos. Esta crónica nace desde la tristeza, pero también como homenaje a lo que significó Martínez para un público diverso y vasto.
Mi primer casete de punk llegó a los 11 años: una copia pirata, como todo en los noventa ecuatoriales. En el lado A, Ilegales, de España; en el B, Narcosis, de Perú. Era blanco, con las etiquetas arrancadas para ocultar el robo doméstico, y con los nombres de ambas bandas escritos a mano, sin rastro de estética. Ese casete me acompañó por años: en tardes de patineta, camino al colegio, en acampadas, duchas, tristezas, euforias y protestas sociales. Ilegales fue la entrada a un mundo donde la música era éxtasis, identidad, resistencia y pertenencia.
En esas épocas usábamos mucho un concepto que ya casi ha desaparecido: “berrear”, algo así como desvirtuar la música underground y volverla un cliché accesible. Por eso la cinta no era solo un objeto: era un símbolo. Conseguir música requería prestigio en la calle, coherencia con el ethos subterráneo, valentía adolescente, algo de imprudencia y la encarnación de aquella poesía sonora en nuestros cuerpos. Las conversaciones sobre riffs, letras, portadas o líneas de bajo parecían superficiales, pero eran el tejido que nos unía. Quizá por eso duele tanto despedir a Martínez. Como antes dolió Lemmy. Como antes dolió Bowie.
Con el tiempo entendí que ese casete, ese símbolo, era también una alianza que me unía a miles de personas. Ilegales no es solo una banda: es un manifiesto. Es el punto de encuentro entre punks, metaleros, rockeros clásicos, poperos, estudiantes y trabajadores; es el encuentro entre quien lee filosofía y quien habita la calle, entre la derecha y la izquierda, entre la pulcritud y la decadencia. En su sonido limpio, casi elegante, convive la crudeza conceptual de sus letras con la sutileza de su textura sonora, lo que genera una música capaz de resonar tanto en quien escucha grindcore como en quien disfruta del pop rock más digerible. La versatilidad de Ilegales es un fenómeno sociológico: no conoce fronteras.
Ilegales fue parte importante en cada etapa de mi vida; siempre resignifiqué sus temas a medida que crecía. Al principio me llegaba su crudeza y la violencia de sus letras. Me atraía la magnética idea de vivir aceleradamente, al máximo, andando con un stick de jockey por el mundo. Después me sedujo el sonido, la claridad con la que cada instrumento se distingue en sus discos, los cuidados en su producción musical. Más tarde fueron las referencias literarias, históricas y filosóficas escondidas entre credos punks e himnos generacionales. Finalmente, la coherencia estética y vital de Martínez, quien componía como quien afila un cuchillo: sin adornos innecesarios, pero con precisión quirúrgica; sin sonidos estridentes, pero con conceptos ruidosos. ¡Cuánto balance!
La obra de Martínez siempre fue coherente. Rechazó el culto al individuo y defendió la primacía de las canciones por encima de la vida del artista. Evitó la patética alharaca ante su propia enfermedad. Fue irónico, veloz y lúcido hasta su final, y mantuvo una obsesión inspiradora por el sonido.
Ilegales y Ecuador: un idilio eterno
La relación de Ilegales y Ecuador es una historia larga. Desde su primera visita en 1987, en la Chorrera, hasta su última gira en 2024, celebrando 40 años de trayectoria en la Plaza de Toros, donde Martínez subió al escenario entre el pitido de un monitor cardíaco simulando una línea plana; los españoles han acompañado la vida de varias generaciones. Tocaron en Quito, Guayaquil, Cuenca, Ambato, Loja, Ibarra. Nunca obedecieron una lógica mercantilista: no buscaban llenar estadios, sino llegar a la gente. A toda la gente, a ese público que se apropia de sus canciones.
El concierto de 2001 en la Plaza de Toros sigue siendo, para muchos, el mejor. El pogo era enorme y festivo. Regalaban Trópico Limón con la entrada -imprudencia total en un concierto de Ilegales- el sol canicular de agosto, la arena en los dientes y la tensión social posterior a la caída de Mahuad, la dolarización y los acuerdos de aquel otro Noboa que también firmara con el FMI, hicieron del ambiente un caldero. Cuando la policía lanzó gas al escenario, todo parecía encaminarse al desastre. La banda huyó entre tos y lágrimas, excepto Martínez, que siguió cantando “Destruye”. Calmó a la gente con rocanrol y evitó una revuelta juvenil con su guitarra, mostrando frialdad y maestría en el manejo escénico y del público más violento que pueda existir. Cuando anunció que Verde 70 no tocaría, la multitud explotó. Fue una epifanía colectiva.
En 2006 volvieron, esta vez a la Casa de la Cultura. Recuerdo a mi Desalmado grupo de amigos, pintados de calaveras y embravecidos por el pegamento que une a nuestros cuerpos con el punk rock. La música ilegal encendió nuestra sangre, hubo pleitos afuera, hubo puertazo, hubo peleas dentro. La fiebre era enorme, fueron tiempos salvajes, la violencia era la ley que nos conducía entonces. Luego del concierto, apenas un olvido más.
Años después se repite el escenario. Ilegales en concierto, esta vez en el Teleférico, donde entré con mi bajo en la espalda y la seguridad de quien conoce su territorio. Pasé sin pagar; sé que está mal, pero también sé que es lo que pasó, y no puedo menos que recordarlo. Al menos no hubo violencia ni puertazos. Esta vez el disfrute fue técnico. El nivel de los músicos, la claridad del sonido, la solidez de la ejecución, la afinación de voces e instrumentos, la pulcritud en vivo y la comunicación con el público fueron una lección al músico que llevó dentro.
Ilegales deja mucho. Deja mucha obra que no morirá en largo tiempo. Pero también deja muchos recuerdos. Me gustaría escribir esto a varias manos, cruzando anécdotas con gente que ama la banda. Al enterarme de la muerte de Martínez, lo primero que hice fue intercambiar memorias con mis amigos cercanos, quienes me dijeron cosas como las siguientes (a veces las memorias, así como la música ilegal, pueden ser fuertes para muchxs): “Recuerdo conciertos roto la cabeza, pepeado, retacando sin camiseta, bañado en sangre” o “Luego del concierto del 2001 recuerdo decir que eso quiero ser cuando sea grande”. “Fue uno de mis primeros conciertos grandes, en la Plaza de Toros. Regalaban Trópico, había un montón de punks. Martínez puteando a los Verde 70, yo chamito, con 15 añitos creo” o “Ese de la Casa de la Cultura, desatados totalmente, pintados de calaveras, con el gale en la mano directo al puertazo. Puñetes contra los chapas y puñetes adentro jaja”. Los panas escritores también lo recuerdan: “Yo tengo un problema con Ilegales: los escuchaba todo el tiempo en la peor parte de mi vida, por eso hace años que los escucho poco, cada canción la asocio a esa época de mierda de mi vida, entre 2008-2011”. No son memorias para lecturas sensibles, lo sé, pero, de nuevo, son fieles a la verdad, así como es la obra de los españoles.
Martínez nunca dejó de componer. Nunca se durmió en los laureles. Tuvo una inspiradora obsesión por el sonido, fue coleccionista de guitarras, amante de la claridad en el sonido, enemigo de la distorsión innecesaria, lo que habla directamente al músico acerca de técnica, compromiso y práctica. Su mensaje atraviesa varios estratos. Al punki en situación de calle le recuerda lo difícil de estar vivo. Al drogadicto le dice “no tomes tanta, tonto”, y ridiculiza el consumo, pero lo acompaña con su música y sin juicios. Al puritano le muestra el doble filo de los prejuicios, la moral vacía y el buen nombre que se cae con un guitarrazo. A todos nos refleja a diario, uno de sus mantras: “Todo lo que digáis que somos lo somos, y aún peor”.
Para mí, Jorge Martínez representa fuerza, lucidez y una actitud altiva que nunca cayó en pose. Me enseñó que se puede caminar por la vida como si uno fuera a la muerte de otro, alegre y despreocupado, sin miedo, sin dramatismo y cantando desde el abismo. Me enseñó que la música es compromiso. Y que la coherencia se practica, no se predica.
Que haya muerto Jorge Martínez es como si muriera algo propio, algo mío, pero que pertenece a un colectivo mucho más grande que yo. Porque pensar en Ilegales es pensar desde el margen, en nosotrxs, es pensar en el under, en la escena quiteña, en la vida subalterna del mundo, en las amistades de hace veinte o treinta años, en los casetes piratas, en los conciertos que marcaron etapas de nuestras vidas y también en nuestros diversos presentes. Ilegales es, sin duda, instrumento clave para una etnografía de la música subterránea y, de alguna forma, nos acerca a comprendernos como especie; no es poco para un rockero.
Saludos, amantes de Ilegales, abrazos fraternos. Que siempre nos encontremos en sus canciones.
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