Zumbido y vibración
Por Diego Pazmiño
Por medio de la colmena el Cosmos entra en el hombre y le hace fuerte y capaz.
- Rudolph Steiner -
La llegada
Escucho el zumbido de una multitud de abejas, intenso e intimidante, justo atrás de donde estacioné el auto. Advierto a mi familia que tenga cuidado. Me deslizo lentamente y en silencio, como si la delicadeza en mis movimientos nos garantizara que el enjambre se sentirá respetado, y no nos atacará. Río ante mi inocencia, respiro hondo y avanzo, al fin y al cabo a eso habíamos ido, a una casa abierta de apicultura sostenible. Estábamos en el cantón Mejía, en las faldas del volcán Corazón, dentro de una granja llamada Bee Farm, cuyo objetivo no es la sobre explotación de los productos de la colmena, sino ser un centro de concienciación, rescate y difusión de lo que su directora, Gabriela Romero, conoce como “el llamado de las abejas”.
Ella nos da la bienvenida paseándose entre el zumbido sin miedo ni equipo. “Hola, sigan por favor, ya les alcanzo” nos dice al apuro, señala el corredor hacia el jardín trasero de la casa y desaparece de inmediato entre el sonido del enjambre. En Bee Farm se extraen, procesan y comercializan todos los productos que este insecto elabora directa e indirectamente, entre los que están la miel, polen, cera, jalea real y propóleo, pero también manufacturan singularidades como limpiadores de aura, bálsamos, velas o hidromiel, fermento espirituoso conocido por ser la bebida alcohólica más antigua de la humanidad, mencionada por primera vez en los Vedas hinduistas, fechados alrededor de 1.500 a.C.
Por el corredor aparecen 3 o 4 perros que se echan panza arriba para que los acariciemos. Mi hijo de 7 juega con ellos, yo regreso unos pasos, el clan familiar no aparece y quiero asegurarme de que todo esté en orden. En el fondo veo a mi hija mayor (es mi hijastra, pero como es palabra suena a antagonista de cuento infantil, preferimos usar el neologismo pseudo hija y pseudo padre) hincada frente a la enorme tina de plástico que recoge el goteo de una llave de agua mal cerrada. Me acerco y en seguida vuelve el escalofrío a mi cuerpo, provocado por el zumbido del enjambre, que revolotea a pocos metros de donde estamos. Varias abejas se acercan a la tina para hidratarse, pero algunas caen al agua y mueren ahogadas. La pseudo hija las rescata con un palito que tiende bajo sus patas y las pone a salvo, en sus brazos; yo, con los ojos como platos, le pregunto si no le han picado. Su indiferencia al contestar me hace entender que eso no es lo importante. Luego de hacer esto por unos 20 minutos, nos levantamos y volvemos al jardín.
Hago un paneo visual y encuentro al pseudo hijo ligeramente distante, viendo al enjambre, analizando su patrón de vuelo; parece que el código del mismo está claramente expuesto ante su mirada, me acerco, y luego de un silencio estimulado por la vibración del sonido, me dice que las abejas deben venir de un sector específico que señala con el dedo: “De ley vienen de allá, y están yendo para allá, porque…”, entonces esboza una razón que yo no entiendo, pero que denota su profunda conexión con el momento y su lectura del viento, de la luz y de los estímulos florales que los insectos tienen en la granja. Se queda un momento más, observando el vuelo en silencio, yo regreso a la parte de atrás para encontrarme con el resto.
En el jardín, hijo y pseudo hija continúan jugando y mimando a los perros. De un segundo a otro se desencadena una batalla campal. Hubo ladridos, mordidas, gruñidos, gritos y sangre. Los hijos estaban justo al frente, como queriendo intervenir, la madre, que reconoce sus intenciones, lo impide con su cuerpo y, por fin, aparece Gabriela, quien da por terminada la guerra territorial. El saldo es un gran susto y un perro que se mordió su propia lengua; le salía sangre a borbotones. Gabriela, Gabee, recoge al animal, lo lleva a una bodega y le aplica miel. A los pocos minutos la herida se muestra sorprendentemente cicatrizada, y la lección de las bondades de la abeja empieza con una anécdota fuera de lo común.
La directora de la granja nos cuenta algunos secretos de la colmena. Ella aplica miel en quemaduras y heridas abiertas, por sus propiedades antibacteriales y de regeneración de tejidos. Los usos que ella da a la miel van mucho más allá de lo edulcorante, práctica a la que Gabee trata como una barbaridad, y que atribuye ser la razón por la que se ha generado una sobreexplotación desestabilizadora en las colmenas de todo el mundo.
Luego de hablar unos minutos acerca de las propiedades de la miel y la alquimia de la colmena, donde transmuta la energía del sol en medicina y alimento, empieza la casa abierta con una meditación guiada. Su voz y un tambor de metal llamado hang drum conducen la actividad. Nos invita a cerrar los ojos y escuchar a nuestra respiración y a sus palabras. Hilvana reflexiones sobre el cuerpo con imágenes de una bola de miel que sube y baja por la espina dorsal. Propone conectar con la sensación que deja la energía del sol, que entra por la corona del cráneo y sale por las extremidades inferiores, luego de hacer un trabajo de limpieza. Más allá de cualquier dogmatismo o espiritualidad, la sensación después de hacerlo fue agradable.
En la casa abierta se explica el proceso de elaboración de varios productos de la colmena y se exponen datos curiosos sobre los mismos. Gabee nos cuenta que sería posible sobrevivir a cualquier hecatombe mundial solo con polen, porque contiene todos los oligoelementos y minerales que el cuerpo necesita para regularse; también menciona que los egipcios aprendieron a momificar observando cómo las abejas embalsamaban con propóleo a invasores, como ratones y babosas, de sus colmenas. También habla de apiterapia y masajes con miel aplicada en la espalda, para desintoxicar y relajar.
La metáfora de la iluminación
La colmena es un organismo fascinante, su dinámica guarda perfecto sentido, simetría y armonía mediante una sinergia en la que el trabajo de una, sostiene la existencia de las demás. Es una sociedad que funciona como metáfora de utopía humana. Adentro, todas trabajan por un bien común. Sus tareas son específicas y se llevan a cabo desde el compromiso incondicional de cada insecto. Quizá no suene utópico tener que trabajar tanto como una abeja, pues todos soñamos con hacer poco y ganar mucho, pero sí resulta una quimera el hecho de que el bienestar individual garantiza el bienestar grupal.
Las abejas trabajan desde lo más oscuro de la colmena, en un tránsito hacia la luz del exterior. Todo empieza en su celda, espacio que limpian al momento de nacer; para esto usan propóleo, un antiséptico natural que elaboran sus hermanas mayores mediante la recolección de resinas de ciertos árboles mezcladas con la cera que sudan. Después recorren una serie de trabajaos internos, en la tiniebla del panal. Alimentan a sus hermanas, construyen celdas geométricamente precisas y luego pasan a ser guardianas del panal. En su adolescencia acicalan a sus hermanas que están listas para su primer vuelo hacia la luz. Finalmente salen al exterior, para su trabajo de fertilizar al planeta con su vuelo de flor en flor, en un recorrido de más de 300 kilómetros por día donde polinizan al planeta mediante su éxtasis divino con las flores, dentro del acto conocido como pecorear.
Para generar 1 kilo de miel, deben visitar aproximadamente 4 millones de flores, dentro de una distancia que equivale a 4 vueltas al planeta. Regresan al panal con información que transmiten a sus hermanas mediante un baile, que es el código de comunicación más reconocido por biólogos y apicultores, mientras tanto la abeja reina sale del panal con otro objetivo, procrear. No está claro si se demora 1 o 3 días, pero se sabe que su comportamiento es altamente promiscuo, y debido al llamado vuelo nupcial. Cuando alcanza su edad fértil, la reina sale en un día de sol a copular, se ubica en un lumen, un lugar lumínico que identifica como idóneo para su rito de apareamiento, en el que puede copular con hasta con 40 zánganos. Vuelve a la colmena y llena de esperma a una capsula llamada espermateca donde puede engendrar hasta 2000 huevos diarios
El mensaje de las abejas
Las abejas han sido el insecto mas deificado en la Historia. Gabee se refiere a ellas desde un lenguaje un tanto esotérico, dice que son seres que hablan y se mueven por amor, que tienen un sistema de comunicación telepática y que incluso usan hologramas para enviar mensajes a la colmena. El mensaje que ella escucha de estos insectos es el de emular su trabajo y generar un sistema simbiótico que procure el bien de todos. “Mi relación con las abejas es sagrada”, dice, y piensa en la reciprocidad y veneración como su dinámica diaria con ellas: “las tengo en un altar, son para mí una deidad, pienso que son proféticas”.
Son bioindicadoras del estado de bosques y ciudades, ya que la estática provocada por su aleteo las impregna no solo del polen con el que cumplen un papel trascendental en el equilibrio ecológico, al fertilizar árboles y flores, sino que también se impregnan de agentes tóxicos presentes en las ciudades; esto permite lanzar datos sobre el índice de polución de una urbe, y por lo tanto plantear proyecciones al respecto del futuro del medio ambiente. Gabee piensa que son un sistema de compleja tecnología.
En un principio ella pensaba que constituían un organismo autosuficiente, perfecto y poderoso, y por verlas como deidades, creía que no necesitaban de la intervención humana, pero luego empezó a escuchar su mensaje con mayor claridad y atención, y sobre todo, a interpretar las señales; entonces se dio cuenta de que ellas nos necesitan tanto como nuestra especie las necesita a ellas. En la última década, nos dice que ha visto a colonias y enjambres enteros desaparecer, principalmente por circunstancias relacionadas al calentamiento global. Gabee afirma que están muriendo de sed y hambre, y que es vital sembrar plantas con flores melíferas, que son las que usan estos insectos para fabricar miel. Así mismo, es un gran aporte para ellas ponerles fuentes de agua, ya que en su exploración vuelan cientos de kilómetros, y es difícil encontrar donde hidratarse en las ciudades.
Mientras hablamos, ella mira al cielo, cierra los ojos y sopla con una profunda concentración, luego los abre y ríe, dice que quiere ahuyentar a esas nubes grises que anuncian aguacero, para tener un poco de sol. Continúa: “las abejas sobreviven de la comunión divina que existe entre las flores y el sol. Sin el suficiente calor, el néctar de las plantas no alcanza a subir a la superficie por la que ellas vuelan”. Dice que la miel es una sustancia sagrada, porque es la energía del sol condensada en la colmena, luego del enorme recorrido que la abeja hace de planta a planta. Conversar con Gabriela implica una charla que se desarrolla sobre lo espiritual, me habla de sanar a la niña interior, de absorber energías, de volver a la raíz. Se considera sanadora no solo del cuerpo, mediante terapias como el masaje con miel, sino también del alma, mediante la observación personal y la relación cósmica que se entabla entre la humanidad y la Tierra.
Más allá de ser una bee whisperer, se considera una bee listener. “Las escucho atentamente, oigo que nos piden sembrar plantas como el trébol, llantén, diente de león. Las abejas quieren que las veamos como fueron vistas en la antigüedad, que retomemos la relación holística y de equilibrio con la naturaleza”. Aún se desconoce mucho del mundo de las abejas, dentro y fuera del panal, pero hay ciertas cosas que es mejor desconocer, pues si ellas supieran que su cuerpo no está diseñado aerodinámicamente para volar, probablemente el mundo sería ahora un enorme y vasto desierto.
El corazón es un animal extraño
El corazón es un animal extraño El 9 de diciembre de 2025 murió Jorge Martínez, a los 70 años, tras enfrentar un cáncer de páncreas que lo apartó de los escenarios de forma inesperada. El fundador, cantante, guitarrista y compositor principal de Ilegales deja una obra difícil de enumerar: 21 discos entre estudio y directos, cientos de canciones, entrevistas demoledoras, conferencias de música e historia, dos documentales y, sobre todo, una memoria colectiva que atraviesa generaciones y estilos. Esta crónica nace desde la tristeza, pero también como homenaje a lo que significó Martínez para un público diverso y vasto. Mi primer casete de punk llegó a los 11 años: una copia pirata, como todo en los noventa ecuatoriales. En el lado A, Ilegales, de España; en el B, Narcosis, de Perú. Era blanco, con las etiquetas arrancadas para ocultar el robo doméstico, y con los nombres de ambas bandas escritos a mano, sin rastro de estética. Ese casete me acompañó por años: en tardes de patineta, cami...

Comentarios
Publicar un comentario