TODOS SOBRE EL NADAÍSMO
Nadaísmo, una vanguardia tardía
El Nadaísmo fue un grupo de vanguardia colombiana que se dio a conocer en 1958, en Medellín, tras la publicación del Primer Manifiesto Nadaísta. Fue escrito durante el exilio político de su líder, el antioqueño Gonzalo Arango, que se refugia en 1957 en Cali y redacta dicho texto. En el mismo, arremete contra varias instituciones sociales del país, como Iglesia, Educación, Política y Academia, denunciando, desde un lenguaje vehemente, lo que considera una crisis en la cultura de Colombia. Junto a la aparición de este Manifiesto, su autor organizó una serie de actos performáticos que resultaron polémicos, sacudieron el sosiego de la ciudadanía y le ocasionaron, a Arango y su séquito, más de una noche en prisión.
Dichos actos, llevados a cabo en plazas, iglesias, cafés, paraninfos universitarios, se juntaron no solo a textos, sino también a varios gestos con que los nadaístas conducían sus existencias, como tener pelo largo, consumir abiertamente psicotrópicos, expresar libremente una diversidad sexual, vestir camisas rojas en un país donde era mal visto usar corbatas de ese color -por su vinculación con el Partido Liberal- e interpelar a la hombría mediante actos simbólicos como tomar té en una nación cafetera, donde la bebida de dicho grano guarda íntima relación con la masculinidad, o reír a carcajadas, en los cafés de intelectuales, alrededor de una copa de helado.
Esto, que ahora suena a distracciones adolescentes, en su época, y dentro de un país conservador con carta constitucional Católica Apostólica Romana, generó un mito al rededor del grupo; el atrevimiento de estos muchachos hizo que la ciudadanía los pinte como orgiásticos malcriados, que hacían el amor en cementerios y se reunían en temibles aquelarres a profesar el culto al diablo. Claro, su lema: “Somos locos, geniales y peligrosos”, sirvió de aliciente para la paranoia social; y el epíteto con el que Arango se dio a conocer no buscó consenso ante la falsedad de las fantasías sociales: Profeta de la nueva oscuridad.
¿Otra vez manifiestos?
La propuesta nadaísta es estética y ética, porque fue más allá de una literatura contestataria, hacia una actitud de vida, que en su época rompió los parámetros sociales esperados en la juventud. Esto los distancia de anteriores intensiones vanguardistas del país, como Piedra y Cielo o Los Nuevos, cuyos integrantes, en mayoría, terminaron siendo diplomáticos, políticos o académicos. La vanguardia nadaísta, a decir de sus miembros, se dio en las calles y cantinas, al margen del canon, en cárceles, desde el cuerpo, entre el lumpen de pequeñas ciudades de provincia y mediante los bríos adolescentes, marcando así una compleja condición subalterna por la que aún hoy se los recuerda. Este movimiento fue un sacudón gestado por jóvenes que no pertenecían al mundo del arte pero que, sin mayor conocimiento académico ni reconocimiento artístico, plantearon una renovación en las letras y la cultura del país.
Debido a la no pertenencia al mundo del canon, el Nadaísmo se expresa no solo en papel, sino también en el cuerpo de sus integrantes, quienes, dentro de un país conservador, se atrevieron a ser diferentes, a verse y pensar distinto, a escribir y gritar cosas como: “No somos católicos, basta, el diablo no existe”. Esta irreverencia justifica su aparición, con más de 30 años de retraso, y la de sus proclamas, que ya antes fueron leídas en manifiestos surrealistas o dadaístas, en líneas de la vanguardia rusa, o sin ir tan lejos, en el creacionismo de Vicente Huidrovo, el ultraísmo de Borges, la vanguardia andina de Gamaliel Churata, El Trilce de César Vallejo, la revista “Motocicleta” del mantense Hugo Mayo o la lengua neocriolla del pintor argentino Xul Solar.
Todos estos movimientos quedaron en papel o lienzo y no se tomaron el cuerpo de sus propulsores. Fueron propuestas de ruptura frente a las formas, pero no fueron propuestas éticas, ni promovieron un cambio de actitud frente a la cotidianidad. El Nadaísmo dio un paso más, negó no solo la forma de escribir, sino también las formas de vivir que la sociedad marcaba a la juventud. Negaron el trasfondo que motivaba la repetición de una vida vivida una y otra vez, moldeada y reproducida de manera autómata. Por esto, Arango en sus manifiestos habla no solo de una crisis cultural, sino también espiritual. Ante tal zozobra, los mecanismos del Nadaísmo fueron el escándalo, la negación y una existencia performática mediante la cual rompieron el molde para crear otro estilo de vida, otra posible realidad.
Este sacudón, sin embargo, no fue suficiente para que se considere al Nadaísmo como parte oficial de la historia de las Letras colombianas, o por lo menos, como parte neural de la literatura del país, pues se piensa que no hay obra nadaísta lo suficientemente contundente para avalarlos como tal, y que, a pesar de ser un movimiento artístico con manifestaciones no solo literarias (hay músicos nadaístas, como el cantautor Pablus Gallinzao o el grupo de rock Los Yetis, dramaturgas como Patricia Ariza, pintores como Pedro Alcántara, Norman Mejía y Álvaro Barrios e incluso críticas de arte, como Marta Traba) no es trascendental dentro de la Historiografía del arte del país. El Nadaísmo, por lo tanto, es pensado más como un movimiento social, que como una intención estrictamente estética.
Actos pánico
Arango tuvo que huir de Medellín en 1957 porque, antes de cualquier atisbo nadaísta, fue corresponsal del diario La Paz, vespertino oficial de la dictadura del General Rojas Pinilla. Cuando el militar fue derrocado, persiguieron a todos sus colaboradores, incluido al escritor antioqueño, quien, se dice, se escondió en el baño de mujeres de las oficinas del diario y salió disfrazado de cura, para poder escapar entre la multitud y perderse durante un año en las montañas de Cali. ¿Qué le quedaba a sus 26 años, luego de huir de su ciudad, dejar su puesto de periodista y abandonar la facultad de Derecho? Nada. Funda el Nadaísmo debido a lo que declara fue su “inclinación a torcerlo todo”, y se va en contra de lo que alguna vez fue su ideal de existencia.
Redacta el Primer Manifiesto Nadaísta, regresa a Medellín y lo lee en la Plaza de San Ignacio, frente a la Universidad de Antioquia, que años antes sería el recinto de sus estudios de Derecho. Luego, con su incipiente colectivo, inicia una pira en la que arden volúmenes de literatura nacional salidos de sus bibliotecas personales, como María y Manuela. Al final, orinan sobre el fuego, con la intención de enviar en el humo el mensaje de ruptura a lo divino. Empieza así un camino performático en el que sus cuerpos disidentes y llamativos se ven inmiscuidos en varios actos que despertarían miedo en la sociedad.
Meses más tarde se le ocurre a Arango llevar la diatriba nadaísta a Cali, donde dicta una conferencia acerca del Quijote, escrita en papel higiénico, dentro de un reconocido café de intelectuales, dando un mensaje acerca de la utilidad de los portaestandartes del parnaso literario. Luego lee su Primer Manifiesto y los jóvenes que lo escuchan quedan impactados. Fue como asistir, más que a la lectura de un poeta, a un concierto de los Beatles. Jotamario Arbeláez, nadaísta caleño que aún vive y que ha sido el principal difusor de la obra del colectivo durante los últimos 50 años, se acerca al Profeta luego del evento y se abandona al Nadaísmo.
A sus 17 años, Arbeláez nunca dejará de profesar el credo del grupo. Poco le importó el colegio, y lo abandona. Sigue la senda del Profeta. Junto a él, otros adolescentes caleños abandonan la línea recta de sus vidas para seguir los retorcidos renglones de Arango. Entre ellos, el poeta Elmo Valencia y el pintor Pedro Alcántara, que se juntan a Arbeláez y organizan el núcleo nadaísta de Cali, con el que organizan el Festival de Arte de Vanguardia (FAV), como respuesta al Festival de Arte de Cali (FAC). Dentro de este evento se difundió la obra de varios escritores alineados a las ideas del grupo, y se organizaron los concursos de novela nadaísta y de poesía “Cassius Clay”.
De vuelta en Medellín, Arango se indigna por la noticia de que un grupo de intelectuales católicos, comandado por la curia de la ciudad, estaba organizando un congreso de escritura. La sardónica idea del poeta fue sabotear dicho evento y, junto a integrantes como Eduardo Escobar, Darío Lemos y Humberto Navarro, se toman el recinto. Deciden esparcir una inofensiva pero apestosa bomba química compuesta de asafétida y yodoformo, que lanzan en el paraninfo de la Universidad de Antioquia, luego del discurso de inauguración del evento.
El hedor provocó la estampida de los presentes, quienes salieron despavoridos, no sin antes recibir el “Manifiesto nadaísta al congreso de escribanos católicos” que Arango había preparado especialmente para la ocasión. En el mismo, repite incesantemente basta y lanza una mordaz pregunta retórica: “¿qué nos dejan, después de 50 años de ‘pensamiento católico’? Esto: un pueblo miserable, ignorante, hambriento, servil, explotado, fetichista, criminal, bruto. ése es el producto de sus sermones sobre la moral, de su metafísica bastarda, de su fe de carboneros. ustedes son los responsables de esta crisis que nos envilece y nos cubre de ignominia”. El tono del texto, el sabotaje al evento, el cuerpo nadaísta, el pensamiento disidente, construyen un temible imaginario que acompañaría al grupo durante los primeros años de actividad.
Este Manifiesto trasgrede no solo el lenguaje, mediante una ortografía que no respeta mayúsculas ni normas de puntuación, sino también la moral de un país ofendido por tales textos y actos. Arango da en un nervio sensible de aquella Colombia, lo que ocasionó su encarcelamiento en La Ladera, panóptico de Medellín donde el autor pasa unas noches de encierro. Esta experiencia la cuenta en una columna de la revista Semana, otorgada por el periodista Alberto Zalamea, quien poco después de la primera entrega, debe escribir un editorial explicando la razón de su decisión. Años más tarde, la columna se edita, por gestión de Arbeláez, bajo el título de Memorias de un presidiario nadaísta.
Otro de los actos recordados del grupo fue durante una mañana de resaca, luego de una sesión de barbitúricos y poesía. Un grupo de nadaístas decide visitar la catedral de Medellín, con la irónica intención de comulgar. En medio de la misa, entran a la casa de Dios y pasan directo a la fila. El cura, consternado, no tiene más remedio que darles las ostias; alguno la guarda en el libro que estaba leyendo: La Náusea, otro, el poeta maldito del Nadaísmo, Darío Lemos, la deja caer al piso; entre sus nervios y confusión, decide poner el pie encima y pulverizar el cuerpo del delito bajo la suela de su zapato. El acto fue el colmo para los feligreses, alguno de los cuales grita blasfemia y los nadaístas salen a perderse. Lemos, muy digno, no corría de una pelea. Es al único al que la multitud atrapa. Le dan una golpiza, que paradójicamente termina porque el cura lo rescata. Este poeta, que vivió una vida de excesos entre calles y encierros, termina con una pierna amputada y en silla de ruedas, siendo profeta de su propia desgracia, pues esta es una imagen poética recurrente de sus primeros versos.
“Ser nadaísta es también negar al Nadaísmo”
El terror nadaísta se empieza a resquebrajar luego de los primeros años. El escándalo, que al principio conmocionó a la sociedad, luego fue visto como truco publicitario. Para la década de 1970 el grupo recibe un golpe fatal: su creador renuncia al movimiento. Arango, en carta pública llamada “Adiós al Nadaísmo” se aleja del mismo y lo acusa de nihilista. Afirma que ya no sirve a la causa de la vida y el arte y se desvincula de toda su gestión.
Su vida da un vuelco inesperado, se convierte a un cristianismo lisérgico, aún contracultural, pues no se da en la iglesia, sino en la naturaleza y no comulga con ostias sino con LSD. Comienza a escribir una poesía mística, criticada por propios y ajenos, pues los mismos nadaístas reniegan la validez de dicha obra. Esta espiritualidad siempre habitó en sus textos, en un inicio disfrazada de rabia e ironía, y luego como mantras de amor dentro de una religiosidad new age editados en textos como Máximas concebido como un oráculo.
En 1976 Arango decide retirarse a un monasterio en el pueblo de Villa de Leyva, junto a su guía espiritual, Angela Hickie, quien era su pareja y acompañante en los últimos años y en la ruptura con el Nadaísmo. En la carretera, un camión se descarrila y se estampa de frente con el carro en el que viajaban. Arango deja la Tierra diciendo, como palabra final: “Mierda”.

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