noches de grafiti

Consignas, apropiación y pintura: Las noches de un grafitero disímil Por Diego Pazmiño Juan Pablo “Ache” Vallejo cruza la frontera del arte urbano, en un vaivén con el que transita de la calle a la galería; del taller y la imprenta, al muro, la muestra y el mobiliario urbano. Se siente a gusto en lo clandestino del street art y en la tranquilidad del museo. Su obra se ha expuesto en las principales salas de la capital, así como en paredes, puentes y proyectos institucionales con los que ha marcado al relieve metropolitano de varios países. Ha pintando en Argentina, Perú, Colombia, Venezuela, Panamá y México; y en Ibarra, Guayaquil, Quito, Macas y Cuenca, curtiéndose como artista. Su recorrido, a pesar de críticos y detractores, lo ha erigido en referente nacional del grafiti. Grabado, escultura, matricería y pintura son las disciplinas que maneja, a través de materiales como serigrafía, cartel, suelda, mármol, piedra, baldosa y cemento. Con su impronta HTM (Hazlo Tú Mismo) ha intervenido en diversas estructuras, dimensiones y superficies; este tag (sumilla con el nombre o apodo del grafitero) es una consigna contracultura ampliamente reconocida con la que se identifica y la que, de alguna forma, cuenta la historia de su vida y de su entorno. La sigla se adhiere a la persona y se convierte en su alias, “Ache”, un artista del grafiti diferente al típicamente asociado con la música rap. Vallejo inicia sus pisadas en el grafiti por una coyuntura musical, pero lejana a la antes mencionada. En 2007 inicia una banda de punk, género que a su vez se aleja de los parámetros del rock psicodélico de 1960 -de canciones largas y melodías complicadas- para crear códigos propios a partir de una estética provocadora y un sonido crudo, simple y afilado. Señala que debió aprender de diseño para hacer sus propios afiches y mercadería, y que de a poco descubrió su potencial, desarrollado sin pausa desde entonces. “Me volví artista en el camino del punk”, dice, y asume a dicho género como un estilo de vida y como su lugar de enunciación, desde el que se apropia del espacio público en un ejercicio diario de habitar las calles. Este espacio da seguridad a Vallejo y le brinda una sensación de hogar; es su esfera lúdica y de representaciones donde juega, se expresa y donde abraza una sensibilidad que surge del recuerdo de una infancia marcada por la escasez. “Yo y mi hermano tuvimos que abandonar la escuela para pagar los estudios de nuestra hermana”, cuenta al recordar su origen humilde, e indica que tuvo que vender esferos y limpiar zapatos desde los 12 años para ayudar a la madre, obligada por la condición migratoria del padre, a encargarse de sus tres hijos. Sale de su tierra natal, Zaruma, siendo un niño, y llega a la capital en donde, por su errar en las calles, conoce al mundo del punk, se identifica con el mismo y se apropia de sus códigos. Dice que en un principio lo relaciona con arrogancia y violencia, pero que eventualmente le dio un giro a dicha representación, luego de acercarse al mundo del arte, para verlo ahora como una forma de expresión y libre tránsito de ideas. Sin embargo este proceso significó para él una crisis personal: ¿voy a seguir la norma para hacerme artista? Ratifica su identidad desde una estética en correspondencia con el género, y no busca encajar en los parámetros del mundo del arte. Luego de obtener su licenciatura en Arte en la Universidad Central del Ecuador hace una retrospectiva de su proceso en el punk, y lo ve como el inicio de una ruptura del paradigma de pasividad en la comunicación, al acercarse, en sus palabras, a pequeñas técnicas de divulgación de contenido y expresión autónoma, como el cartel o el fanzine, que es una revista auto publicada dentro de la que Vallejo empieza a manifestar sus ideas y su estilo. En 2014 publica el fanzine “Huellas”, que luego da continuidad en su exposición individual del mismo nombre, en el 2017, presentada en Más Arte Galería. Aquí da a conocer su propuesta personal: el pictoglifo, letras inspiradas en los petroglifos de Zaruma. Desde entonces estas formas son parte del ornato urbano de varias ciudades dentro de los carteles que pega junto a su grupo, cada semana. *** A finales del siglo XX surge una explosión del grafiti en Ecuador, asegura Vallejo, debido a la enorme tasa de deserción escolar y el consecuente deambular de cientos de jóvenes en un país en tránsito político y económico. “Éramos cientos de pelados sueltos, a finales de los 90”, reflexiona, por lo que fue necesario alzar la voz, en espacios no tradicionales, a varias personas de sensibilidad poética y pensamiento político crítico. El escritor y catedrático quiteño Alex Ron, en su libro Quito: una ciudad de grafitis, deja ver el contundente número de consignas escritas en las paredes de aquella época, y pasa revista de los más celebérrimos grafitis de fin de siglo, en la tinta de agrupaciones como Ada o Triángulo. Mucho se ha dicho de esta forma de expresión, lo que denota que en Ecuador, no puede vérselo de soslayo. El domingo 9 de septiembre del 2018 la opinión pública se mostró indignada. La ciudad amaneció con la noticia de que el Metro de Quito había sido vandalizado por un grupo de delincuentes, y la noticia se divulgó en periódicos, noticieros y redes sociales. En un comunicado oficial de la Alcaldía se habló de que veinte personas armadas amordazaron a los guardias de seguridad del establecimiento, para rayar uno de los seis vagones recién llegados a los talleres de Quitumbe, en el Sur de la ciudad. Se activó un sistema de recompensas y un operativo policial llamado Metro, que desencadenó un juicio intenso, cuyo resultado fue la inculpación de un par de personas. Varios lugares patrimoniales de la ciudad han sido marcados por grafiteros que no se ciñen a los espacios otorgados por las autoridades para esta práctica. La sensación de creciente inconformidad en la opinión pública ha generado un debate en el que la categoría de arte de esta manifestación se ha puesto en duda. Son cientos de nuevos tags y grafitis con los que el país amanece a diario. Las paredes se han convertido en caóticos palimpsestos que generan una sensación de ruido, desprolijidad, suciedad y amenaza. No son pocas las familias que despiertan y encuentran sus propiedades manchadas, y no son pocos los negocios que se perjudican de los rayones en buses, vallas y locales. Vallejo tiene su propia perspectiva del tema. Compara a una pared rayada con la habitación llena de afiches de un adolescente en búsqueda de identidad. Para él, marcar paredes es un juego; es la manifestación lúdica de su niño interior, al que tuvo que congelar mientras vivía una infancia laboralmente activa. “Cada vez que veo algo de niño en mí, lo abrazo”, menciona con una dulce sonrisa que desestabiliza en mí la idea de que ser grafitero es un oficio netamente vandálico. Pero también es una pulsión ancestral, continúa el artista, que viene desde la caverna, a través del mito de la noche y la necesidad arquetípica de marcar un espacio para apoderarse del mismo. *** Ache me cita en su lugar de trabajo, un estudio mixto que funciona como taller, gift shop y galería, llamado Nudo, en el tradicional barrio de La Floresta, al centro norte de la capital. Ahí lo encuentro dictando un taller a siete personas acerca de técnicas de impresión. El taller es totalmente práctico. En un momento salimos al barrio América, donde lo veo moverse cómodamente entre imprentas y distribuidores de papel. Ahí suelta un sinnúmero de tips concretos que cada tallerista apunta con esmero. Está junto a él un artista bogotano, Jex, que ha llegado a Nudo dentro de un proyecto de residencia artística. Antes de Jex llegaron en la misma calidad de residentes dos artistas, uno de Bélgica y otro de Colombia. El intercambio de saberes ha sostenido esta convivencia. Jex menciona que en Nudo se siente productivo, que hay cosas por hacer. Añade que ha impartido un taller de stickers y que ha sido ayudante en los talleres de Ache. Vallejo, junto a su socio Martín López, conocido como Sumo en el mundo del arte urbano, manejan varios proyectos que están detrás de la ornamentación de La Floresta, barrio reconocido por su propuesta artesanal y su atractivo visual; hacen caminatas guiadas por el sector, talleres, muestras y grafitis en varias paredes, de manera legal. Aprecian la comodidad de pintar con tiempo, con materiales y asistencia, con planificación, luz, sosiego y sin la adrenalina de lo clandestino. Valoran el resultado de un grafiti legal, que aporta a la identidad del barrio, con colores en medio del panorama grisáceo de la urbe. Pero también entienden la indignación de cierto sector de la sociedad al respecto. El grafiti es algo, dicen ambos artistas, con lo que se deberá aprender a convivir en las ciudades, donde cada tag es la voz de un colectivo en contundente comunicación subalterna. Marcar tu espacio es una pulsión de trascendencia, que se manifiesta en vacuidades como escribir en el pupitre o firmar los libros y en gestos más complejos como un tatuaje o hacer cualquier tipo de arte. Vallejo señala además que “el arte callejero es excluyente”, que no está ahí para complacer y ser comprendido, pero que sin embargo está a la vista; esta suma de voces subalternas es más que contaminación visual, es un diálogo en el que los códigos internos hablan de prestigio, valentía, perseverancia y estilo. Una persona que escribe grafitis durante varios años es respetada por las nuevas generaciones; a quien escriba en lugares inaccesibles se lo valorará por su valentía. Si cubren tu huella tienes dos opciones: renunciar o seguir hasta que esto deje de pasar. “Busco tensionar, provocar y generar confusión con mi arte” menciona Vallejo, que me habla de la antropofagia de la figura humana en las representaciones artísticas para explicarme el origen de su tag. El cuerpo es parte de las obsesiones del arte desde los inicios de la humanidad. Al buscar una forma de correspondencia entre la cultura de Occidente con las que considera sus raíces, este artista regresa a ver a los petroglifos que, al igual que el grafiti, buscaron ubicarse en el punto de encuentro, para cobrar visibilidad. Juega con la geometría y la abstracción y desarrolla una técnica en sus letras que a simple vista dificultan su distinción, dado el fin de transgresión que lo motiva a alejarse de lo que llama un “arte masticado” Ache busca la sensación de confusión y extrañeza en el receptor: “el arte urbano está ahí para tensionar, para cuestionar desde nuevas formas de representar, no académicas, no formales. La estética es el placer, pero el arte es el cuestionamiento”. Apreciar al grafiti no es fácil, sobre todo en una ciudad donde la frontera entre lo público y lo privado pierde claridad en el muro; “yo entiendo por qué están molestos con nosotros”, dice el artista al reflexionar sobre las etiquetas de ”vándalos” y ”delincuentes” con las que deben asumirse en sociedad. Pero la pulsión es incontrolable para quien está en la línea del cuestionamiento. Luego de habitar en las calles y apropiarse del espacio público, este artista pasa también a la galería, para ampliar su propuesta y adaptar su mirada. Ahora ya ha pisado la mayoría de salas y museos del país, con exposiciones individuales y colectivas. En septiembre del 2019 expuso su muestra “Inciso” en la galería de arte bogotana Bandy Bandy. Pude verlo trabajar en esta preparación y acercarme a su técnica, prolijidad y alta exigencia dentro del taller. Trabaja de manera meticulosa, es incluso un poco neurótico al tratar el material. Es un trabajo milimétrico que lo aborda con absoluta seriedad y entrega, entre altos cuidados en todas las etapas de preparación: desde la forma de manipular el papel, hasta en las técnicas de reproducción. Su asistente tiene que ser paciente para receptar tanto sus varios consejos como esta pulcritud macerada con estrés, cansancio y malgenio. Esta es su segunda muestra individual en Colombia, antes expuso en el Museo de Arte Contemporáneo de Bogotá (MAC) su obra “Pictoglifos”, curada por Juan David Quinteros en 2018. Anamaría Garzón curó su exposición “Huellas” en 2017 y Eduardo Carrera curó “Des/fase” en el mismo año, dentro de Más Arte Galería, en Quito. En colectivo presentó “Frix” en el Parque urbano Cumandá. Cada una de estas muestras las acompañó con intervenciones en suelda eléctrica, baldosa, cartelismo y grafiti en las afueras de cada predio. *** Ache me plantea las normas de una manera clara y sin pelos en la lengua, antes de salir a pintar en la madrugada. Este adrenalínico privilegio debe manejarse dentro de sus parámetros. Me plantea, junto a su grupo, la importancia de la discreción y el respeto mutuo, mientras cocina a dos manos sendas ollas de engrudo que servirán para dejar la impronta que lo inspira y lo identifica, en las paredes que lo acogen como propio. Al cocinar el engrudo suenan cumbias y salsas. También sonaron estos ritmos en el taller, cuando preparaba su muestra “Inciso”. Me dice que es una música que invita a la acción y al movimiento. Dirige el artista una conversación que va y viene dentro de los más variados temas; hablan de tecnicismos como bombas, tags, spots, materiales y superficies, de grafiteros reconocidos, de apropiaciones; hablan de Incas Vs. Cañaris, de Eugenio Espejo. Se habla de geometría, de paletas cromáticas, de formas orgánicas que combinan con la vegetación del sector. Su observación de la urbe es meticulosa. Todas las personas trabajan a manos llenas, cada una preparando su material mientras Vallejo traza el plan de la madrugada. Su grupo de colaboradoras se refieren a él como “Papache”, apodo que me deja ver el respeto que le tienen. Su liderazgo es notorio desde en la cocción de pegamento hasta en la calle, donde se trepa ágilmente a paredes y rincones de difícil acceso, denotando valentía y dominio del material. La acción se caracteriza por un silencio roto apenas con el sonido del aerosol y el engrudo repartiéndose en paredes y carteles. Sus recomendaciones son tomadas sin ningún miramiento. Dirige al grupo a cada uno de los lugares, pega sus carteles y asiste en las intervenciones de las otras personas del grupo. Se mueve de manera ágil y veloz. La pulcritud del taller se manifiesta en otra frecuencia en la calle, en donde su empoderamiento de la actividad remite seguridad al grupo. Al pasar un carro sospechoso, demuestra por qué ya va años haciendo esto, y sin miedo, encara y protege. Es solidario y nunca pierde la alegría y el sentido del humor dentro de una actividad hecha de manera solemne. Pasan las horas y el grupo se separa, dejando una sensación agradable de auto reconocimiento en la que ves tu capacidad propia de vencer miedos y superar obstáculos en pos de una idea establecida en conjunto. Cada uno hace su parte y se lleva el bienestar de haber cumplido.

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