El Ayllu del Clan Cachimuel
Ayllu
Por Diego Pazmiño
Clan Cachimuel
Cada vez que me acerco al cuarto en el que están reunidos los hermanos Cachimuel, escucho de lejos la canción que estan tocando adentro. Hablar con ellos fue complejo, pues son once individuos y nunca dejan de tocar sus instrumentos. Conversar significaba detener su música y conversar, y yo sentía como si estuviese interrumpiendo una celebración. Pero siempre contestaron de la manera más entregada; se tomaban un tiempo antes de responder, pensando y desarrollando cada pregunta; sin embargo yo, francamente, prefería retrasar mi entrada, primero porque disfruté escuchándolos y, segundo, porque no le encontré el sentido a competir con un San Juanito. Verlos tocar, improvisar, sacar canciones y jugar con melodías me mostró de sus relaciones y esencias más que cualquier pregunta que haya podido hacerles.
El trabajo realizado por el grupo de danza y ensamble musical Yarina, de Otavalo, resulta más que inspirador. En un principio, se trató de un proyecto compuesto íntegramente por miembros de la familia Cachimuel, pero desde hace varios años cuenta con la colaboración de otros artistas, en la creación de música que fusiona ritmos andinos, africanos y contemporáneos, y usa kichwa y castellano en sus letras. Cada uno de los hermanos es maestro en la ejecución de varios instrumentos, y algunos forman parte de otros grupos, que exploran géneros como el jazz o el hip hop, y por los que también son ampliamente reconocidos.
Hablan, desde el orgullo, de sus inicios en calles y plazas, y de los viajes que, a una temprana edad, los llevaron a Quito en un inicio; y a Estados Unidos y Europa luego, ya fuera impulsados por sus procesos de formación musical o por las giras, que pasaban por varias ciudades del mundo. “Uno no sabe el impacto que puede llegar a tener sobre otro ser humano”, dice Roberto Cachimuel, director musical del conjunto, con quien conversé una mañana de carnaval, en la gobernación de la parroquia de Zambiza, cuyas fiestas cerraban aquella noche con la presentación de Yarina.
Mientras el carnaval dejaba en las calles su rastro de espuma, fiesta y aglomeración, la familia descansaba en sus camerinos, es decir, las oficinas que les cedió la organización. Esperaban la prueba de sonido. Ahí pasé con ellos unas horas en las que dejaron de tocar apenas en tres cortos lapsos: dos veces para abrazar a sus fanáticos y fotografiarse con ellos; y el tercero, cuando Roberto y yo conversamos. Él dirigía las respuestas, y de cuando en cuando interactuaban sus hermanos Ati y Rumiñahui. Si me descuidaba un poco, los hermanos menores y sobrinos, a la cuenta de 3, empezaban otra copla carnavalera, otra cumbia.
Tejimos, en la charla, temas diversos, como educación al hablar de su proyecto actual llevado a cabo en Otalvalo (una escuela en donde se enseña música y kichwa a niños y jóvenes de la ciudad), de migración cuando me cuentan sus viajes a Estados Unidos y Europa o de pluriculutralidad cuando hablamos de lo que ellos consideran el problema del olvido del kichwa o de ritmos de distintas culturas, pero sobre todo, hablamos de música, de instrumentos, de géneros musicales, de ensayos y presentaciones, y de su dinámica -personal y en conjunto- dentro de este idioma universal. Asientan en sus vivencias un discurso coherente entre lo que dicen y la historia de un grupo cuyo origen es la comunidad Monserrate, el monte, en la provincia de Imbabura. Gestado por el impulso de José Manuel Cachimuel, padre de los once hermanos, creador, junto a su familia, y líder del conjunto de música y baile Yawuar wauki, que luego se llamaría Yarina.
Uchilla-llaktapak Monserrate puchu pachapakman
(De la comunidad Monserrate al mundo)
Anita Cachimuel, representante de la banda, cantora y, junto a su hermana Kaya, presentadora en el escenario, me habló de los orígenes y el cambio de nombre de la banda. Yawuar wauki, se traduce como: hermanos de sangre, pero dicen que por motivos de pronunciación decidieron cambiarse a Yarina a inicios de la década de 1990. Pero todo empieza una década antes, cuando el padre, con la intención de que sus hijos aprendan a tocar, invita a los músicos mayores de la comunidad a su casa. “Les alentaba con un traguito, y cuando se animaban tocaban por horas”, me cuenta. Estos músicos eran recelosos con sus instrumentos, y no permitían que nadie más los tocara: “Mis hermanos mayores memorizaban las posiciones de los dedos para reproducir sus sonidos luego, en los instrumentos que mi papá conseguía; ese fue el origen de Yarina”, dice Ana, recordando la fuerte personalidad de José Manuel.
Se preparaban con la intención de ir a las plazas del centro histórico de Quito, para cantar, vender casetes y gestionar presentaciones. “Tocar en calles y plazas ahora suena como una aventura excitante, pero para nada era fácil, teníamos que pelearnos con los Municipales, con otros grupos que venían de países como Bolivia y Perú”, dice la cantora al recordar estos viajes a la capital; cuando ella, siendo más pequeñita que el bombo, ya lo tocaba a diario entre ensayos en casa y viajes a la capital. Ese trajín era duro para los hermanos menores, que debían regresar los domingos en la noche a hacer sus deberes de la escuela. Entre semana, ensayaban por horas, según la norma del padre, para de nuevo viajar los viernes a Quito. Dormían y comían en un asilo de monjas ubicado en El Tejar, al Centro de Quito. Ana cuenta que compartían fila con cargadores del mercado, mendigos y personas que pedían limosnas y, “en el mejor de los casos, después de un día de trabajo, comprábamos un pollo asado, que era una comida de lujo”.
Así empezó un largo proceso de migraciones y regresos. Para 1983, Yawuar wauki ya era conocido en mítines sociales y políticos donde José Manuel, dada su posición de líder comunitario, lograba colarlos. Roberto dice que en 1993 decidieron cambiar de nombre a Yarina, para facilitar la pronunciación. Luego de diez discos y cientos de giras, la banda reparte su tiempo entre Boston, su centro de operaciones en Estados Unidos, y Ecuador, país al que regresan algunos hermanos con la misión auto impuesta de velar por el fortalecimiento de la cultura Kichwa-Otavalo. “Somos una cultura viva, no pertenecemos a un museo”, dice Ana cuando se piensa en comunidad.
Se entienden como hermanos mayores y menores, porque así fue su proceso de migración a Estados Unidos. “Primero fueron los mayores, Rimay y Manuel. Roberto viaja por una invitación de Oxfam International y se queda para estudiar en Berklee College of Music”, dice Ana, quien también cuenta que no todos pudieron viajar y formarse en música, pero que todos se han preparado en distintas áreas. “Escuché en un parque de Boston a un grupo de músicos que estaban tocando un san juan; me agradó que no fuera el Cóndor pasa que lo tocaban hasta el cansancio todos los grupos de migrantes latinos. Me llevé una sorpresa al ver a Roberto, aún pequeñito, tocando el violín con harta destreza”, cuenta Álex Alvear, músico ecuatoriano que colabora permanentemente con esta familia.
Ana, ahora radicada en Otavalo, dirige la Escuela de música andina Yarina, proyecto que complementa a la educación formal de niños con un extracurricular que intenta rescatar al kichwa y las tradiciones musicales de los pueblos originarios del norte mediante clases de música, formación de coros y clases del idioma. La educación es un espacio importante para trabajar en su propuesta y volver a la yakta, la que encuentran cambiada luego de varios años de estar lejos, en varios sentidos, la ven más grande, más mestiza, con una relación cada vez más distante con sus tradiciones, desde en el vestir y la arquitectura, hasta en el hablar y el comer. Por eso plantean el fortalecimiento del kichwa, que a pesar de no ser una acción pragmática en un mundo globalizado, contiene, según la familia, una intención de resistencia cultural que busca evitar la desaparición de la diversidad cultural del país. Ahí la importancia de hacer lo que hacen y decir lo que piensan en el escenario, y en sus distintos espacios del ambiente cultural ecuatoriano en el que se desenvuelven.
Cantan la mayoría de su repertorio en kichwa, se suben con sus trajes típicos y una estética cuidada y desde ahí, desde el escenario, hablan de su propuesta. Ana, al respecto, dice: “Creemos que el escenario no es un lugar donde salimos como estrellas, sino que pensamos que es un medio de comunicación directa con el pueblo”. Mediante ritmos como fandanguis, ojajas, y san juanes, le cantan a la vida y a la alegría, así como a la protesta, a la tristeza, a la nostalgia. No promueven un discurso derrotista, son positivos. Y ven al presente con esperanza.
Sapan runa kan shuk pacha
(Cada cabeza es un mundo)
Rimay, el hermano mayor, está encargado de los vientos andinos. Ana describe su forma de tocar como “muy particular”, y piensa que ha impreso personalidad al sonido de Yarina. Después viene Manuel, el segundo hermano, encargado, además de los vientos, del bandolín, Ambos son la vieja escuela del grupo, aprendieron de los taitas de la comunidad, gracias a los artilugios de José Manuel, quien les invitaba a tocar en su casa, y les calentaba el ánimo con una copita para que suelten el celo y toquen por horas. Ana dice que a veces puede ser un poco incrédulo con la banda, “pero a los hermanos menores nos ha tocado demostrarle que se puede seguir cantando para vivir”.
Roberto, violinista y voz principal, es el director musical y, por así decirlo, encargado de la innovación, al fusionar las músicas tradicionales con otras sonoridades que conoció durante su formación académica; también incorpora instrumentos de otras tradiciones, como el saxofón o la batería. Es un músico perfeccionista: en los ensayos, por ejemplo, detiene todo cuando identifica notas o cuerdas desafinadas. “Es multi-instrumentista, al igual que casi todos mis hermanos. De los 10 álbumes de Yarina, 8 los ha compuestos él, y en 5 se encargó por completo de la grabación de todos los instrumentos”, dice Ana.
Kaya Cachimuel es la hermana menor, cantora y escritora, tiene un proyecto solista y acompaña a su hermana en la presentación de las canciones sobre el escenario. Su sensibilidad poética se manifiesta en temas cargados de ternura, como Mamitagu en donde evoca a la madre desde la distancia y nostalgia, o Urpigu en la que poetiza sobre la pérdida de su hijo: ¿Dónde te habrás ido, con quién estarás jugando? se pregunta Kaya en un canto dulce, que le da una textura tierna a las voces de Yarina. Ana dice que cuando su hermana les presenta sus canciones, todos terminan llorando, por la sensibilidad con la que escribe sobre temas familiares con los que la familia se identifica y sienten de manera profunda y personal, pero que a su vez también provoca lo mismo en un amplio público que percibe, desde sus nostalgias, los cantos de esta familia.
Rumiñahui es el bajista, el más puntual de los hermanos. Sumamente exigente, puede ser un poco mal genio a la hora de ensayar. Empezó bailando, pero no le gustaba, y se enojaba con la familia por obligarlo a esta tarea; pero si José Manuel decía que debía bailar, tenía que bailar. Ana comenta que Rumiñahui heredó el carácter fuerte de su padre, así como ese rostro de piedra que justifica su nombre.
Curi Cachimuel es “vientista” (palabra que no existe en la RAE, pero sí entre ellos, quienes la usan mucho) y baterista, “un hiperactivo total, nunca para”, dice Ana. Él ha generado el proyecto Runa jazz, de música afro-kichwa, con estudiantes de la Universidad San Francisco de Quito, donde estudió música. Ati Cachimuel es guitarrista, bailarín y compositor, el más serio de los hermanos, casi nunca habla, pero infunde admiración y su contundencia al componer le ha valido el respeto del ensamble. Acompaña a su hermana en la gestión y manejo de la Escuela de música Yarina, y es quien ha realizado una investigación acerca del método del violín andino y bandolín, que implementa en la Escuela.
Tupak toca el bandolín y es el bromista de la banda, “no se le escapa una” dice Ana. A mí se me pasan sus bromas que, entre canción y canción, las hace en kichwa o usado “chistes internos” a un volumen bajito de voz. Su hermana piensa que es el más mimado, porque de niño casi muere ahogado en un tanque de agua, y pasó 15 días en un hospital. Tupak me recuerda a Buster Keaton, nunca suelta una carcajada, pero siempre genera una risotada general a sus hermanos y compañeros músicos.
Sumay se encarga de los teclados, está en el grupo de danza y formó, junto a varios de sus hermanos y otros músicos otavaleños, Los NIN, agrupación de rap con la que explora este género junto a ritmos tradicionales ecuatorianos, entre beats, tornamesas, charangos y zampoñas. Es serio y silencioso, pero una metralleta como MC (Maestro de Ceremonias) al momento de rapear en ambos idiomas (español y kichwa), y muy comprometido con la causa Yarina.
Finalmente tenemos a Alic, el más joven, quien estudia ingeniería acústica y se encarga de los recursos técnicos de un espectáculo que involucra a más de 20 artistas en escena. Es un trabajo complejo pues las pruebas de sonido y necesidades técnicas para este espectáculo son complejas, por su gran cantidad de instrumentos sobre escenario. Alic, a sus 25 años, tiene una gran responsabilidad frente a la familia, como ha sido el caso de todos sus hermanos, que desde corta edad, han tenido un rol importante y específico dentro del espectáculo.
Dicen los hermanos Cachimuel que la ventaja de Yarina es su lazo sanguíneo. Según ellos, si no fueran hermanos, ya no habría ensamble. A pesar de no ser ésta una regla tallada en piedra, y de existir varias familias que no se caracterizan por su unión y transparencia, entre ellos se percibe respeto, admiración y camaradería, y el ambiente, lejos de ser tenso, es jovial y distendido. La mayoría del tiempo que estuve con ellos todo fue música y bromas: la música, para todos; las bromas, a veces en kichwa entre ellos y a veces en castellano para todos.
Fidel Minda, músico que acompaña desde el 2019 a Yarina en la percusión, cuenta que su sentimiento hacia la familia Cachimuel es de amor, “siento que los amo”, dice, cuando me habla de la experiencia de tocar y ensayar con ellos. Los ensayos son distintos a lo que este músico acostumbra, empezando porque se dan cita en Otavalo:“Llegas, te preguntan si comiste, si no comiste te llevan ese rato a hacerlo. Te tratan hermoso, y luego, te sientas a ensayar de largo. Semanas enteras, con una estructura bien marcada”. No había un día de ensayo, sino semanas enteras de ensayos. Fidel va y vuelve contento, “te bulean full, pero te cuidan, y son unos capos”, dice entre sonrisas.
Antes de subir al escenario, se abrazan y se dan aliento, se enfocan y alinean con la intención de dar un gran espectáculo; y luego, bailan. El zapateo en círculos, al son del San Juanito, la melódica, los violines, guitarras y tambores, integra a un pequeño público que los acompaña tras camerinos en un pequeño Inti Raymi, donde los músicos sacuden sus nervios y entran en calor. Suben con la energía elevada, y elevan así al público, que corea sus canciones a voz en cuello. El espacio es festivo y alegre. Cuando terminan una canción, presentan la siguiente entre reflexiones y mensajes como el de mantener vivo al lenguaje y a su cultura. No pretenden implantar al kichwa como lengua oficial, saben que eso no es posible en una sociedad que deja poco espacio a lo ancestral, frente a lo globalizado, pero sí plantean la necesidad de esquivar al olvido de manera enfática. La música de esta familia, cultivada desde hace 35 años, es de alta calidad, la llaman “música de mundo” y con ella han viajado por el planta entero, pero siempre vuelven a sus raíces para trabajar con su gente, con nosotros.

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