De sangre y barro. La vida de instrumentos prehispánicos
Barro y sangre:
ADN sonoro del Taller La Bola
Por Diego Pazmiño
Ellos te hablan
“Yo recogía a los músicos de sus casas para llevarles a ensayar, y luego les pasaba dejando… Cuando nos presentábamos, les pagaba de mi bolsillo. Me saqué la mierda persiguiendo un sueño que ahora es la realidad de mi familia”. Así contaba Luis Oquendo Robayo, músico y restaurador de arte en metal, una ocasión en la que estaba practicando su colaboración con una banda de rock, en 2011, tres años antes de morir. Hablaba de su más grande proyecto, tanto profesional como personal: el Taller la Bola, una agrupación en la que convergen sonidos prehispánicos y ritmos contemporáneos, en un género bautizado por sus músicos como “audaz urbano”. La mixtura de ocarinas, silbatos, cascabeles e instrumentos armónicos pertenecientes a culturas anteriores a la Inca, con guitarra, bajo, sintetizador, flauta traversa, batería y tambores, resulta poco ortodoxa, y a decir del grupo, hay que cortarse la cabeza y cambiar de lógica para abrirse a su sonido.
Este Taller reúne a varios artistas dentro de un espacio en el que se llevan a cabo actividades en torno al conocimiento de estas piezas, la práctica musical y el estudio de su sonoridad y procedencia. El lugar es también el hogar de una familia que se ha dedicado por completo a esta labor. Las paredes están llenas de máscaras de distintas culturas del Ecuador y del mundo, de afiches de eventos pasados, ilustraciones y reproducciones de obras de arte, cartas y dibujos que sus hijos escribieron a Oquendo por cumpleaños o navidades y varios instrumentos musicales. Es una casa de tres pisos ubicada al sur de Quito, en el barrio de Chimbacalle. Ahí ensayan en la sala y a veces en la terraza, con el panorama de la urbe, marcado por el concreto y elevaciones como la loma del panecillo, que corona al perfil sur de la ciudad.
Conozcamos a la familia
Sus tres hijos son muy parecidos entre ellos, Nicolás, Miguel y Ada llevan una cabellera larguísima, al igual que lo hacía su padre, castaña y crespa, a excepción de Miguel, quien marca la diferencia por su cabello liso. Son personas que van con el corazón en la mano, al igual que su padre. Son cálidos al responder mis preguntas, y al final de cada oración, sueltan una pequeña risotada que define la camaradería con la que se refieren a su trabajo. Muestran una particular hospitalidad en cada visita al taller, pero son reservados con el contacto con los instrumentos prehispánicos, no solo por su valor económico, sino porque consideran que estas piezas tienen vida, escogen a sus interpretes y si se les trata de manera indiferente y sin respeto, se resienten, se caen y se rompen. Entrar a esta casa es como entrar a un pequeño mundo fantasioso en donde lo inanimado se resignifica, tiene espíritu y cuenta una historia.
Luis Oquendo defendía apasionadamente la validez musical de estos instrumentos. Debatía al canon académico, que los considera simples e imitativos y en repetidas entrevistas decía que “no son pobres ni micro tonales, no sólo reproducen notas y sonidos de la naturaleza. Son complejos, porque tienen vida y secretos”. Sus tres hijos han sido parte del Taller desde la infancia, y defienden a estos instrumentos con el mismo ímpetu. Conocen y nombran a cada una de las 33 piezas de su colección privada, y las han estudiado durante décadas; están convencidos de que les hablan, tienen vida, personalidad e identidad, y basan su método de aprendizaje en una comunicación intuitiva. “Son seres”, repiten Nicolás, Miguel y Ada, quienes también heredaron de su padre la relación espiritual con lo que llaman “los prehispánicos”.
Esta familia ha llevado su proyecto a los escenarios más disimiles, guiados por un afán didáctico que busca difundir el sonido, historia y estética de estas piezas arqueológicas entre la mayor cantidad de público. Han ido de Museos y conferencias, a pequeños bares en Guápulo y La Mariscal; tocan en Colegios y Teatros, en conciertos de rock y en eventos de formato acústico. Tocan con músicos académicos y empíricos, con bandas de metal, pop y hip hop; se presentan en las calles del Centro Histórico, en grandes festivales nacionales y en pequeños conciertos dentro de varias provincias del país, siempre con una actitud positiva, que busca ampliar la audiencia para estos instrumentos. Se consideran voceros de las culturas autóctonas de la región y dedican su vida entera a este trabajo de difusión.
Del sonido de las piezas, dicen que parte del viento, en una mezcla de barro y el aliento de quien las interpreta. Es única y multifacética la sonoridad de cada pieza, y los Oquendo piensan que debieron guardar un objetivo ritual. En la colección hay piezas con sonidos dulces, melódicos, armónicos y delicados, así como fuertes y estridentes. Sin duda se inspiran en la naturaleza, y fácilmente pueden imitar las complejas afinaciones de, por ejemplo, el canto de un pájaro, sin embargo, no dudan de su complejidad y sus posibilidades, marcados por la atmósfera terrosa que les otorga la cerámica.
El método es tocar
Basan su aprendizaje en la relación con el instrumento, escucharlo y aprender del mismo tocándolo. Son músicos empíricos, a excepción de Nicolás, quien tiene una amplia formación musical. Consideran que lo aprendido en la academia no es suficiente para aprender a tocar a estas piezas. “Nosotros no rescatamos nada, ellos son los que nos recatan, ellos nos escogen para contar su historia” repiten los integrantes, que se consideran aprendices de estas piezas provenientes de culturas como Bahía, Jama Coaque, Huancavilca o Tejar-Daule, y que son guardianas, en su barro, de miles de años de historia desenterrada. La memoria de estos pueblos ancestrales queda registrada en figuras antropomórficas de cerámica (los propios instrumentos), con detalles de vestimenta, ritos, rangos sociales y creencias de la Cultura que representan, y que según los Oquendo recobran su vida y activan su historia al ser tocados y expuestos al público.
Nicolás, de 29 años; Miguel, de 25; y Ada, de 18, han tocado los prehispánicos desde que tenían cuatro años y ensayan cuatro veces por semana. Cada uno ha generado una relación particular con alguna pieza específica, a la que se refieren con profundo respeto, cariño y gratitud. Dicen que son sus compañeras de vida, y mientras más tiempo comparten con ellas, más misterios se les revelan. Consideran que tocar estos instrumentos es un privilegio y una responsabilidad, asumida mediante la gestión de un grupo dinámico, que cuenta con cinco discos, varios videos, sesiones en vivo, notables fusiones musicales, y de cuya amplia trayectoria se ha producido un extenso registro audiovisual y varios estudios académicos.
Contar con piezas ancestrales de carácter “museable” hizo que Luis Oquendo los valide en sus estudios como instrumentos musicales y los registre en el catálogo del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural (INPC) instituyéndose como su “custodio”. Dice la familia de su colección que destinarla al vidrio de un museo las enfriaría y silenciaría, que el calor del aliento y el espectáculo les da vigencia dentro de un siglo marcado por la digitalización musical. No por esto consideran a su música ancestral ni prehispánica, y tampoco se niegan al uso de nuevas tecnologías dentro de su proyecto.
Rol y herencia
Para que el Taller funcione, los hermanos se reparten responsabilidades que su padre ya les había dejado encargadas antes de partir: A Nicolás, el mayor, a quien Luis Oquendo lo llamaba el segundo a bordo, se encarga de la gestión y relaciones, a más de ser parte fundamental en la composición musical. Después está Miguel, quien resalta que el Taller, más que un empleo, es su familia; su padre le dio el título de instructor y la responsabilidad de velar por el bienestar de los integrantes. A pesar de contar con otros integrantes que no comparten lazo sanguíneo, todos se consideran una gran familia. Luis identificó las virtudes de sus hijos, y en base a esto les asignó sus roles. Miguel es cálido y afectivo, y tiene la capacidad de guiar al grupo hacia el bien común. Él también trabaja la línea gráfica; diseña los discos y afiches y maneja la publicidad y redes sociales. Ada, llamada por su padre como la chispa del espectáculo, es la presentadora, y sus hermanos la consideran el equilibrio necesario entre ellos para que el proyecto continúe, sin que saturen las emociones revueltas al vivir y trabajar bajo el mismo techo.
Los hermanos continúan la labor de su padre, quien estableció un evento anual llamado “Córtate la cabeza” que cuenta con “la bola” de colaboraciones artísticas de diferentes disciplinas y géneros musicales, dentro de un show didáctico, interactivo e interdisciplinario. Se han mantenido activos y han crecido dentro de la dinámica del Taller, que antes era un vínculo con su padre, y ahora también es su actividad profesional. Cuando hablan de su padre lo hacen con la mano en el pecho, ríen recordando sus anécdotas, en general, ríen mucho, achican sus ojos y la calidez de sus voces genera una sensación de afabilidad. Cuando tocan los instrumentos cierran los ojos y se entregan a lo que, según ellos, es el despertar de su ADN sonoro.
“A un rato era un amor, y al siguiente se volvía un diablo”, dice Nicolás, cuando recuerda la intensidad de su padre al hablar. Sus conocidos se refieren a él en cariñoso diminutivo, y sus hijos recuerdan las enseñanzas de “Luchito” de manera solemne, incorporándolas a su sistema filosófico de vida y reproduciéndolas dentro del trabajo del taller. Luis Oquendo era un hombre de sentimientos a flor de piel, reía y lloraba con facilidad, miraba a los ojos e interpelaba de manera directa e intimidante. Es un referente del conocimiento de culturas Prehispánicas, luego de haber trabajado 19 años en el Laboratorio de Restauración y Conservación del Banco Central, en la rehabilitación de varias piezas de metal icónicas, como el Sol de Oro, representativa imagen de la Cultura La Tolita, y símbolo de Ecuador.
Jam y ensayo
Durante ensayos y presentaciones la conexión musical entre los hermanos Oquendo y los artistas invitados es igual de cálida que sus personalidades. Cruzan miradas y ríen, bailan, silban, aplauden y saltan. Pueden improvisar por mucho tiempo. Nicolás piensa que el lazo con sus hermanos incluso está programado genéticamente, para que sus voces empaten y sus ideas se tejan en un lenguaje que él considera telepático. Dice que esto les permite mantener una comunicación única y alcanzar una nueva especie de vínculo con los instrumentos.
Ada maneja un silbato bifonal de la cultura Bahía bautizado como “Corazón pulmón”. Tiene un orificio en la parte delantera y uno en la parte trasera. Ella lo ha tocado varios años y dice que es con quien más cómoda se siente para seguir a sus hermanos en las sesiones de improvisación, para las que, según Ada, ellos son unos monstruos. Miguel maneja con destreza a “La Tere”, la pieza más antigua, un instrumento armónico de la cultura Bahía, de 2500 años de antigüedad, nombrado como “La Tere” en honor a la madre de Luis Oquendo. Representa a una guerrera de alto rango, hecha en molde, con bastón de mando y varias joyas. Impone respeto al tenerla cerca y levantarla en las manos. Nicolás ha generado una relación cercana con la que llama “Mi pana”, una ocarina Jama Coaque que lo ha acompañado en circunstancias personales difíciles, como la muerte de su padre o el fin de una relación amorosa. Dice que tocarla siempre lo hace sentir acompañado.
Manejan estos instrumentos con habilidad y cariño, verlos tocar es acercarse a una experiencia que pone sobre la mesa la relación que tenemos con nuestra historia y entre la familia. Son la segunda generación de un proyecto musical que los ha llevado al oficio de custodios, y continúan pisando fuerte y decididos en la actualidad cultural del país. Ahora buscan expandir su propuesta a otros territorios, mientras componen un sexto álbum y gestionan varias participaciones en eventos nacionales e internacionales, como su gira por Bolivia, planificada para marzo del 2020 y que durará un mes, en el que darán conciertos, charlas y talleres acerca de estos instrumentos, representando al país y hablando de sus culturas ancestrales, hablando de nosotros.

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