Colección El Rostro: Infiltro 2

Ruidistas del mundo, me InFiLtRo (Parte 2)
En el anterior El Rostro introduje a esta banda entre temas como el noise, el origen del rock y la fría resaca de las guerras mundiales. No es poco, si se piensa que es una simple banda. Pero este caso no es el de una agrupación “simple”. Para hablar de ella he debido esbozar dichos temas por la complejidad que guardan sus composiciones. Infiltro propone a Ecuador un noise rock que entre acordes convencionales, disonantes y poderosos, meten el ruido y potencia de juegos de pedales y equipos de amplificación contundentes. “A la mierda la pureza de los conceptos” dicen en su tema “Homoerroneus”, y esta es precisamente la clave para entender a una banda que bebe de varias fuentes, que fusiona y experimenta, y que ha debido evolucionar, apartándose de un sonido que al principio tuvo intensiones grungeras. Al poco tiempo de empezar, a principios de siglo XXI, encuentran la primera traba con la que casi toda banda se enfrenta en algún punto, se quedan sin baterista y deciden probar con el noise. En esta primera crisis surge su proyecto alterno KuKuruchox Klan, netamente ruidista, que mediante el sarcasmo y la inteligencia emocional distorsionada, hacen temas como “Soy un idiota, soy un farsante, soy un bromista” o la celebérrima “Mi piyama de eses fecales”. Luego sabrán convivir con la tragedia del ir y venir de integrantes y formaciones, y encuentran estabilidad desde el 2018 en formato de trío. Son dos hermanos quienes sostienen el proyecto, y han reclutado a media docena de bateristas en una quisquillosa pesquisa del sonido que buscan. Esta dulce paradoja de sonar bien haciendo ruido define a Infiltro. Tienen un obeso sentido del humor que se esconde entre canciones acerca de la inutilidad de vivir y la desesperanza frente a la humanidad -espejo que busca ser destruido- según sus letras. Son perfeccionistas al momento de componer, pero despreocupados al vivir, y no lo digo desde un prejuicio vacío respecto a su modus vivendi, sino porque, cercano a lo literal, todo les vale verga. Su existencia gira en torno a hacer música, y parece que el resto fuera, para ellos, la selva de la que se ha poetizado. La banda es y será parte del batallón subterráneo, no solo por su música inaccesible, no apta para oídos sensibles, sino también por sus letras y personalidades. Sus pretensiones no buscan el consenso social, fama ni el reconocimiento, sino apenas levantar firmemente el dedo medio a los convencionalismos humanos. Han sacado dos discos y su tercera producción decidieron darle vida en casete. Han hecho todo desde la cabalidad del rock, con pocas palabras en escenario, pero sí muchos gritos y odio destilado entre cuerdas distorsionadas y la digitalización de emociones ambivalentes. La integridad de Infiltro se da en el hacer durante años, estricta y fielmente, lo que les ha dado la gana, gestando así a un conjunto de bandas inclasificables e inconformes que se agrupan bajo el nombre de la NO Escena.

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