CASAS CULTURALES

Circuitos culturales alternativos Quito, de a poco, se está convirtiendo en una metrópoli, tanto por su dimensión como por su agenda y propuesta artística. No comparto la idea de que, en este sentido, hay escaza oferta en la ciudad; a veces he dejado de asistir a eventos que me interesaron, por ir a otros que me resultaron más atractivos, programados en el mismo horario. Me he relacionado activamente con el quehacer cultural de la capital por más de 20 años, he sido gestor de eventos relacionados a música y poesía desde 2002 y testigo de la notoria evolución de este ámbito en la ciudad. Me resulta evidente que se acerca un boom en este sentido. Atrás ha quedado la villa en la que, como algunos creen, no hay nada que hacer. El mercado institucional no da abasto para la cantidad de artistas interesados en manifestarse. De esta necesidad surgen propuestas independientes que activan, en un mismo lugar, la obra de colectivos e individuos, desde una agenda viva, pública, generada por convocatorias abiertas y ejecutada en varios proyectos. Plataformas, sellos discográficos, editoriales independientes, productores musicales, audiovisuales y de eventos, así como escuelas de danza, teatro, música y de expresiones que van más allá del ejercicio artístico, como alfarería, cerámica, cartelería, diseño y serigrafía han ido en aumento. Ha surgido el concepto de casas culturales independientes, que funcionan en base a la autogestión, sin auspicios institucionales ni del Estado, lo que implica una constante labor para conseguir fondos, alcanzar auto sustentabilidad y construir lo que probablemente sea el factor más importante para estas iniciativas: un público activo, dispuesto a “consumir” arte e interesado en lo local. Surgen, en el siglo XXI, numerosas de estas casas, y junto a ellas, la necesidad de articular sus propuestas en pos de mejorar su funcionamiento, desde una base filosófica en común: el trabajo comunitario; en esta idea se levanta la Comuna Kitu, una red de 13 casas culturales ubicadas a lo largo y ancho de la ciudad, que busca solventar intereses y necesidades de estos proyectos, velando, por ejemplo, por su seguridad o situación legal. En un comunicado oficial emitido el 27 de noviembre de 2019, Comuna Kitu solicita un trabajo más cercano de la Policía Nacional en la protección de estos establecimientos, debido a que han sufrido lo que el documento llama un “hostigamiento” por parte de antisociales, que ha resultado en el hurto de equipos y materiales, desde octubre del año pasado. Así mismo, este comunicado solicita elaborar una nueva Licencia Metropolitana Única para el Ejercicio de Actividades Económicas (LUAE), en la que se contemplen ciertos vacíos legales a los que la red atribuye la clausura de algunos de estos establecimientos. *** Para adentrarnos en la cotidianidad de estos espacios, y comprender los rasgos generales de su funcionamiento, quiero mencionar el trabajo de tres Casas que se han constituido como íconos emergentes en la ciudad. Son distintos sus enfoques y propuestas, lo que las hace diversas y relevantes dentro del espectro de intereses artísticos y sociales de la juventud. El Útero tiene un enfoque socio cultural, es una casa ubicada en la Reina Victoria, sector La Mariscal, al centro norte de Quito. Su finalidad es articular varias disciplinas del arte dentro de un mismo lugar de trabajo. Luz Albán, su coordinadora, también se dedica a la danza y a la antropología. Cuenta que este es un lugar donde nacen ideas y proyectos. De su nombre surge su objetivo, y se da una convergencia de disciplinas que gestan obras e ideas desde distintos materiales, soportes, técnicas y realidades. La intención de esta organización es romper burbujas, por lo que en su cotidianidad es común observar a artistas escénicos, audiovisuales o gráficos, compartir con capoeiristas, antropólogos, cantantes, bailarines y también con practicantes de cerrajería, carpintería, cerámica o lutieres. Abre sus puertas en 2017, luego de que un colectivo de 4 personas encuentra una casa abandonada en el sector, perfecta para sus intenciones. Se contactan con los dueños y les presentan un proyecto de reactivación del espacio mediante el trabajo de colectivos artísticos, sociales, fundaciones de derechos humanos LGBTI, sociólogos y geógrafos. Luego de la respuesta positiva de los dueños para otorgar la casa a esta propuesta, El Útero empieza a funcionar mediante una agenda dinámica y construida desde la convocatoria pública. En un día normal, las actividades empiezan a las 8 am. Según Albán, alrededor de 40 personas trabajan diariamente ahí, y el tránsito semanal supera las 200. Los residentes llegan a distintas horas, el biométrico es una realidad lejana, y cada persona se auto impone el ritmo de trabajo. Estas personas ocupan sus estaciones, mientras llegan instructores y estudiantes a los distintos talleres y artistas a sus ensayos. Es como una gran familia, según Luz, en la que también “puede llegar a ser un poco compleja la convivencia, pues muchas cosas pasan a la vez”, sin embargo, el respeto es clave, y sobrellevar estos obstáculos es parte del ejercicio de una realidad comunitaria. Nos cuenta Albán que la reactivación económica del sector ha sido notoria y reconocida por la vecindad, que antes sentía mucha inseguridad en esta calle, provocada por delincuentes y consumidores de droga, quienes tenían a esta casa como guarida y refugio. Ahora, nos dice Luz, el movimiento de personas es continuo, y negocios como tiendas, fotocopiadoras o restaurantes se sienten beneficiados de la presencia de esta Casa en el sector. “Buscamos generar dialogo y encuentro. Queremos romper el mito de que el artista, en Ecuador, se muere de hambre, al valorizar su trabajo” comenta su coordinadora, mientras me habla de la misión del proyecto. Y así como artistas y artesanos han tenido cabida en este útero de obras e ideas, también ha sido el lugar oportuno para tratar temas sociales. La coalición de trabajadoras sexuales es un sindicato que, junto a colectivos feministas, vela por su seguridad y derechos. Por otro lado, varios microemprendimientos han visto a este lugar como óptimo para organizar ferias y dinamizar la economía de sus propuestas. Varias personas llegan buscando información de cómo acceder a los espacios para proponer muestras o conciertos y muchas otras pidiendo información acerca de la oferta de talleres y eventos de su agenda. He visitado varias ferias artesanales en El Útero, e incluso tuve la oportunidad de contar con un puesto en una referente a publicaciones independientes y fanzines. Ahí encontré una gama de artistas cuyos productos iban de revistas, a adhesivos, arte en serigrafía, libros de encuadernación artesanal, juguetes en madera y papel, tejidos y ropa. Aquel día también toqué en vivo, lo que resultó atractivo dentro de una jornada que mezcló productividad con arte y camaradería. El Útero termina 2019 con su cierre y una multa ocasiona por realizar un encuentro de dj´s, actividad que no corresponde a su LUAE. La postura de la organización es que existe un vacío legal al respecto, y solicita a la Intendencia y Municipio revisar así su caso, como la situación irregular de esta normativa. Al igual que las otras Casas, esta tiene la intención de promover una ciudad cultural, y paradójicamente son clausuradas por ejercer esta intención. Casa de Culturas e identidades Nina Shunku es una casona ubicada en la calle García Moreno, frente a la Plaza 24 de Mayo. Funcionaba como bodega sub utilizada del Museo Nacional de Medicina “Eduardo Estrella”. Gracias a la gestión de la organización encabezada por Isaac Peñaherrera, coordinador general del proyecto, se firma un comodato que otorga el espacio a la Asociación Nina Shunku, constituida legalmente en 2012, con acuerdo ministerial 170. Su objetivo es emprender procesos para el fortalecimiento de la niñez, juventud y adolescencia en el país, y generar sostenibilidad mediante expresiones juveniles juntas. Peñaherrera menciona que esta organización “cuenta en la actualidad con 3 planes de trabajo en diversas áreas: Educomunicacíon, Intervenciones Comunitarias, Emprendimientos Culturales. Estos proyectos han sido aplicados en varias escuelas y colegios de doble vulnerabilidad, así como en centros de detención juvenil y cárceles”. Su enfoque social se evidencia en el trabajo con la comunidad, que según Isaac, “apoya directamente a las actividades barriales mediante talleres, presentaciones de circo, festejos navideños, entre otras. A partir de estas actividades se ha gestado un reconocimiento del accionar de la organización por parte de la comunidad”. El enfoque de esta casa es el rescate cultural para fortalecer las identidades andinas, ancestrales. Nina shunku se traduce como corazón de fuego, elemento visto no como un detonante de destrucción, sino como una herramienta de iluminación y comunión, que invita al encuentro y la diversidad en su cotidianidad. Es un lugar abierto a obras de teatro, cuenta con un estudio de grabación musical, salas de danza y salones para talleres, conversatorios, conferencias y una cafetería. Acogen al ejercicio libre del grafiti, lo que se manifiesta en sus paredes llenas del color y las formas de esta disciplina, así como en la presencia de varios artistas plásticos en sus instalaciones. Al visitar esta Casa para entrevistarme con sus gestores, tuve el gusto de compartir con un Daniel Guayasamín Inga, cuyo alias -Izreal- se muestra en varias esquinas y paredes de la ciudad. Es un reconocido grafitero, que también se dedica al teatro, a la música y es un hábil titiritero. En aquella ocasión se encontraba retocando una bandera con el eslogan “Resistimos”. Dialogamos sobre temas sociales y políticos, así como de trivialidades levantadas en lo anecdótico. Me cuenta que le tiene cariño a esa bandera por considerarla histórica, ya que estuvo presente durante varios días en la vanguardia del levantamiento popular de octubre de 2019. Su sensibilidad frente a lo autóctono lo ha constituido como un investigador de la cultura popular andina. Por ahora es residente de la Nina Shunku, y está aportando con su ortamentación. Al salir de ese lugar, la belleza del Panecillo y los fogones de la Ronda me acogen en un paradójico calor que contrasta con el aguacero. Recuerdo, entre sonrisas y el vapor del canelazo, imágenes de un largo zapateo aupado con los san juanitos que entonaba la cantautora Ilyari Grindia en su guitarra, quien durante alguna madrugada del pasado, animaba en los patios de Nina Shunku el festejo del Inty Raymi. La Casa Uvilla Es un edificio ubicado en la Avenida Eustorgio Salgado, dentro del barrio Miraflores, ocupado por estudiantes de la Universidad Central del Ecuador desde 2013. Cuenta con 700 m2 de los cuales la mitad es construcción y lo demás son áreas verdes. Este proyecto empieza como una necesidad de espacio físico de estudiantes de artes escénicas y plásticas, quienes transforman al edificio para solventar su requerimiento de salas para ensayos y estudios. Al conversar con su coordinador de proyectos, Antonio Chimarro Padilla, me cuenta que ahora están desarrollando una plataforma de radio digital, y que la dinámica de la Uvilla siempre ha sido habilitar lugares en base a recursos y necesidades. Comenta Chimarro que la estructura de la Casa es circular, organizada mediante una asamblea semanal en la que se discuten metas y objetivos. “Hay un equipo de administración que se encarga de pensar la agenda y las solicitudes de programación” comenta al hablar de la organización de su agenda. Así mismo, los acuerdos con personas externas, para acceder a sus salones, son variados y se basan en una economía colaborativa y participativa, es decir, la Casa Uvilla subvenciona el costo de algunas actividades y colabora en su producción, a cambio de productos necesarios para el funcionamiento y limpieza de la casa, o con mingas y trueques. La transformación de este espacio, dice Chimarro, se da en torno al encuentro con el otro, por lo que han aprendido, sobre la marcha, acerca de políticas culturales, en relación a activación y ocupación desde la autogestión, temas que no están tipificados en las normativas de la ciudad. “Hay conceptos que estamos discutiendo junto a otras organizaciones, en mesas de trabajo. Buscamos generar puentes y redes entre las otras casas” nos dice el coordinador de proyectos de la Uvilla; de ahí que se articulen al trabajo de la Comuna Kitu, con la intención de generar un equipo que beneficie a todos quienes componen esta red. Al hablar de arte, menciona el concepto de arte como herramienta, que más allá de verlo como un ejercicio netamente estético y carente de sentido social, Chimarro dice que les “interesa trabajar en educación y arte como herramienta, y no como finalidad. El arte no son solo conceptos contemplativos, sino acciones concretas que generan otras posibilidades de ser y estar. Queremos enfocarnos en acciones directas para plantear proyectos de adecuación del espacio, vínculos con organizaciones sociales y una línea experimental en torno a la formación de público”. *** Mi experiencia dentro de estas casas ha sido diversa, en torno no solo al quehacer artístico, sino a prácticas sociales, ambientales y políticas. Luego de hablar con sus coordinaciones, mi sensación es de optimismo frente al estado actual del arte en Quito. Si bien estas casas enfrentan situaciones legales complejas, trabas en el ejercicio de su gestión y problemas frente a un público que no se involucra -más por desconocimiento que por apatía- el proceso ya está encaminado hacia un boom cultural de la ciudad. Luego de conocer de estas iniciativas, la recomendación es visitarlas. No solo existen estas tres, hay varias propuestas y aristas de trabajo que pueden resultar atractivas a los intereses de públicos diferentes. Sus agendas vivas están abiertas a propuestas de público y artistas, quienes pueden reclamar a estos lugares como propios, tanto para que sigan funcionando, como para disfrutar de rincones como estos, que cada ciudad esconde entre sus calles.

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